Crónicas de color humo

Crónicas de color humo

Nov. 06. 2018. 11:37
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Sergio J. Monreal
Sergio J. Monreal
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En el principio.

Debí venir a Morelia por vez primera en 1982. Una semana, durante las vacaciones de verano. El mayor de los hermanos de mi papá se había trasladado a vivir acá con su familia desde uno o dos años atrás, y venimos a pasar algunos días.

Me afano por reunir las prendas de aquella inaugural visita, aquel viaje propiciatorio, aquella inicial e iniciática mirada, con la devoción energúmena y estéril de que el enamorado echa mano para tratar de devolver el tacto de su piel, el ritmo de su pulso y el sabor de su boca a la material impresión del primer beso. Resulta complicado. Como llenar un crucigrama no de extrema dificultad, pero perteneciente a un periódico viejo, y por lo tanto con las pistas correspondientes a horizontales y verticales ya medio ilegibles, e incluso las casillas y números del tablero deslavados casi hasta la transparencia.

Recuerdo bien el viaje en autobús, porque era desusadamente largo respecto de los que en general nos tocaba afrontar en familia durante nuestras expediciones foráneas desde la Ciudad de México (a Puebla, a Cuernavaca y Oaxtepec, a las cercanías de Pachuca); las seis horas de viaje directo a bordo de un Tres Estrellas de Oro, porque los Flecha Amarilla tenían fama de deporte extremo y además casi todos iban haciendo escalas, con lo cual una travesía promedio entre la capital michoacana y la capital del país solía prolongarse hasta ocho horas. Recuerdo a detalle una delirante excursión ida y vuelta de veinticuatro horas a Playa Azul, en aquella época previa al menor ensueño de autopista. Recuerdo que visitamos Pátzcuaro y atravesamos el lago en lancha hasta Janitzio.

Pero mis memorias correspondientes en específico a Morelia se revuelven sin remedio con estampas posteriores. Entre más me afano por arrebatarle a aquella semana de vacaciones veraniegas una instantánea elocuente, imperecedera y emblemática, capaz de anticipar desde ahí mi enraizada, ósea, entrañable pertenencia a esta ciudad, más debo confesarme que todos los bocetos conjeturables corresponden a momentos posteriores; que aun cuando me cueste enorme trabajo y pudor aceptarlo, aquella vez casi no vi Morelia, casi no me importó Morelia.

Lo importante era el viaje en sí, y no me hubiera interesado que el nombre de su destino hubiera sido otro diferente, si a su vera hubiese atesorado las mismas prendas que, con independencia del paisaje, lo hacían inolvidable a la hora de estarlo viviendo. Ya el solo hecho de viajar, adonde fuese, constituía motivo de alborozo para mi alma casi púber. Pero además mi mejor amigo de la infancia había sido autorizado por su madre para venir con nosotros; y acá coincidimos día y medio con varios de mis primos más queridos. Así que si alguien me preguntara cuál sensación peculiarmente indeleble consiguió legarme mi primer contacto con Morelia, tendría que confesar que la de un intenso torneo de frontón de techo que mis primos, mi amigo, mis hermanas y yo nos patrocinamos en el garaje de mi tío con una pelota de esponja.

Nos llamaba la atención, claro, lo barato de la renta que mi tío debía pagar por una casa con un garaje de ese tamaño, dos pisos y tantas recámaras; algo inconcebible desde entonces en el Distrito Federal. Y, como buenos chilangos, no cesábamos de asombrarnos lo mismo que disco rayado por lo azul del cielo diurno y lo estrellado del cielo nocturno. Pero cantera rosa, casi podría decir que no vi durante ninguno de aquellos días. La casa de mi tío estaba ubicada en ya no sé cuál calle de la colonia Lomas de Guayangareo. Si nuestro itinerario incluyó algún paseo por el Centro Histórico, no dejó en mi evocación rastro alguno.

Debo corregirme. Sí recuerdo haber visto cantera rosa. El último día, camino de la central camionera, tumbados en la cajuela del auto de mi tío, reos de la melancolía que corresponde a todos los adioses y todos los finales de viaje, mi amigo y yo extraviábamos la mirada en el límpido azul del cielo, alcanzando a percibir desde nuestra posición apenas la parte superior de los edificios. Pedazos de ventana, balcones, salientes, alguna indiferente torre de iglesia. No nos interesaba en lo más mínimo llevarnos en la retina ninguna postal de la ciudad extraña; sólo teníamos ojos para la melancolía de estar consumiendo los últimos minutos de unos días que hubiéramos deseado eternos, en cualquier parte, en cualquier lugar (como reza alguna viejísima canción de Joan Manuel Serrat).

Debo conformarme pues con las únicas dos escenas nítidas e indisputables que conservo de callejera intemperie moreliana en aquel viaje. Por modestas, poco dramáticas y nada épicas que acaso resulten.

Una. Un rato antes del viaje de adiós ya referido, acompañé a mi papá y a mi tío para ponerle gasolina al coche de este último, pues estaba por agotársele y no iba a alcanzar a llegar hasta la central. Fuimos a cargar combustible en la misma gasolinera hoy todavía sobreviviente en la esquina de Lázaro Cárdenas y Madero Oriente. Y de ahí nos trasladamos hasta Plaza Las Américas, no recuerdo para qué. La ciudad terminaba sin metáfora ahí, y mientras mis mayores resolvían lo que fuera que habían ido a resolver, yo tuve oportunidad de maravillarme un rato con la proximidad opulenta, verdísima y tupida del monte delante de mí, ahí nada más al alcance de la mano.

Dos. Otro día anterior. Serían las cuatro o cinco de la tarde. En la televisión, Raúl Velasco se disculpaba con los televidentes, asegurándoles que las groserías del pequeño Luis Miguel ante las cámaras de su programa en vivo no quedarían impunes, y que él personalmente le llevaría la queja a su papá. Mi amigo y yo pedimos permiso para ir a la tienda, que estaba ahí nada más a unos pasos de la casa de mi tío. Al salir, en el lote baldío de la esquina, distinguimos un enorme y hermoso caballo blanco: el más enorme y hermoso caballo blanco que hubiéramos visto jamás. No estaba atado, ni se distinguía a su dueño cerca. Mi amigo y yo volvimos con precipitación al interior de la casa; animalillos urbanos, ignorábamos de lo que un caballo suelto podía ser capaz, y no nos interesaba averiguarlo. Cuando un rato más tarde volvimos a salir, ya no estaba ahí.

Hoy no quedan opulentos verdores frente a Plaza las Américas. Pero cuando llego por azar a transitar en colectivo las calles de la colonia Lomas de Guayangareo, mis ojos siguen escrutando ávidos cada lote baldío: en busca del caballo aquel.