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Crónicas de color humo: Anaqueles de madera

Crónicas de color humo: Anaqueles de madera

Ene. 15. 2019. 11:41
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Sergio J. Monreal
Sergio J. Monreal

Llega cierta edad donde cada pérdida experimentada por el paisaje cotidiano se te convierte en afrenta. Y el fenómeno, contra lo que de entrada cabría suponer, se vuelve peculiarmente agudo no tanto frente a aquellas enmiendas más espectaculares y visibles, sino sobre todo frente a ciertas sustracciones de orden antes bien sutil, marginal, periférico: irreparables extravíos que, en términos mayoritarios, pasarán a menudo por completo inadvertidos.

Y es que todo paisaje cotidiano con memoria y con historia trasciende, por pura obra de sus ensimismadas perseverancias, la condición de decorado, procediendo a objetivar íntegra la cartografía de cuanto el mundo ha sido en nosotros y de cuanto nosotros hemos sido en el mundo. No se trata, pues, de un puro aferrarse con enceguecida histeria a una escenografía y un atrezo familiares. Se trata del descubrimiento de cuán vulnerable, significativo y perecedero acaba de últimas resultando aquello que un día, inadvertidamente, atinó a teñirnos la vida de sentido, pareciendo en simultáneo tan eterno como trivial. Descubrimiento siempre irremediable, siempre doloroso, siempre tardío.

Una vieja farmacia en la calle Abasolo, a media cuadra de la plazuela de San Agustín, fue cerrada hace algunas semanas. Mejor dicho, fue sustituida por una de esas omnipotentes boutiques, cuyos plazos más longevos suelen medirse en meses. Y la verdad es que el definitivo naufragio de la vetusta y apolillada barcaza ya venía siendo anticipado con alguna antelación. Se trató de la habitual historia repetida por esos establecimientos a los que el uso sostenido y la digna modestia impiden etiquetar con el calificativo de antiguos, aun cuando en sentido estricto lo sean: primero sus propietarios o dependientes habituales desaparecen; enseguida el mobiliario comienza a acusar cierto deterioro, como resintiendo en inequívocos términos sentimentales la pérdida de quienes (hasta donde los recuerdos de clientes y transeúntes alcanzan) fueran sus perennes ocupantes; luego las vitrinas y las repisas comienzan a exhibir huecos antes inimaginables, progresivos, con un aire en primer lugar de carencia, en segundo lugar de desolación, y en tercer lugar de desahucio; y por último, el establecimiento es reemplazado, sin que lleguemos a percatarnos del instante preciso durante el cual la suplantación tuvo lugar. Simple y sencillamente un día pasaste, y el negocio seguía ahí, indómito justo por su precariedad, imbatible justo por su deterioro, orgulloso de sus cicatrices y de sus achaques, reiterándote en silencio que no necesitaba de la mano de nadie para mantenerse en pie; y luego volviste a pasar y ya no estaba, había quedado reducido (lo mismo que tantos otros, lo mismo que cada vez más) a fachada evocadora de una nueva ausencia.

Los más tremendistas solemos consagrarnos algún reproche, diciéndonos que debimos poner más atención para poder estar ahí durante el episodio consumador de la catástrofe: que hay algo de traición sin disculpa posible en el hecho de sólo nos hayamos percatado de la pérdida una vez que estuvo por completo consumada. Pero la verdad es que resulta mejor así. Ojos que no ven, corazón que no siente. El viejo truco de las enfermeras, cuando  siendo niños, en los interiores de cualquier farmacia, llamaban nuestra atención mediante alguna tramposa bagatela, aprovechando el momento de distracción y baja de guardia para introducir la aguja e inyectarnos.

Sí, precisamente en una farmacia.

Decía antes que el naufragio fue anunciado con plazo suficiente como para poner sobre aviso a cualquier interesado. Sin embargo, debo confesar que a mí me tomó por sorpresa. Y la culpa es de los anaqueles de madera.

Siempre sucede lo mismo. Los anaqueles de madera no sólo me seducen, sino que me mienten quién sabe cuál garantía de invulnerabilidad. Debe ser que, como yo sería incapaz de reemplazarlos o atentar contra ellos, algún atrofiado resorte dentro de mi cabeza establece la confusión de que nadie será capaz de reemplazarlos ni de atentar contra ellos. Su especie, aun cuando todavía saludable y prolífica durante mis años de infancia, ya debía desde entonces rendirse ante la norma de las estructuras metálicas, aunque pasaría todavía un rato para que cedieran su imperio en definitiva a las aleaciones plásticas y los conglomerados de reciclaje industrial. Y a partir de esa época, lo mismo en misceláneas que en papelerías, lo mismo en tlapalerías que en tiendas de ropa, lo mismo en torterías que en mercerías, se convirtieron en prenda de mi especial predilección. Mejor cuanto más vetustos; lo mismo tenazmente reparados y repintados por renovada paciencia del amor y reiterada por mano del esmero, que sostenidos por la apolillada pátina de un amor y un esmero ya difuntos.

La mujer mayor que atendía la farmacia a la que aludo, un buen día ya no estaba; pero el mostrador y los anaqueles de madera continuaban ahí, sostenida evocación de una era de píldoras, boticarios y cucuruchos de papel de estraza. Las repisas comenzaron a aparecer progresivamente despobladas; pero el mostrador y los anaqueles de madera continuaban ahí, saludable pasaporte a otra Morelia que sin embargo podía seguir siendo al propio tiempo esta misma. La farmacia tuvo que diversificar su perfil y subastar las dignidades de toda farmacia vieja que se precie, incorporando productos y muebles propios de tienda de abarrotes y puesto de suvenires; pero el mostrador y los anaqueles de madera continuaban ahí, para refugiar en ellos la memoria de todo lo que no fuimos pero nos hubiera gustado ser.

Hoy ni la farmacia, ni el mostrador, ni los anaqueles de madera están más ahí. Se han ido para siempre, como cenizas de papel que alguien dispersara de un distraído manotazo. El negocio que les sustituye se ha esmerado por parecer lo más moderno posible, apelando al obvio recurso de borrar todo rastro del tiempo acumulado en aquel sitio hasta hace unas semanas. Poco importa que aquel acumulado tiempo de anaqueles de madera exija todavía medirse en el cogollo de los segundos y en la cáscara de los años con perfume de plazos infinitos; mientras que el suyo (ya desde ahora resulta anticipable) habrá que contabilizarlo a lo sumo en un puñado de semanas, tras las cuales no dejará en el aire tras de sí olor alguno.

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