Crónicas de color humo: Barracuda

Crónicas de color humo: Barracuda

Dic. 04. 2018. 10:38
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Sergio J. Monreal
Sergio J. Monreal
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Mi infancia defeña, de peatona familia sin automóvil, además de vagones y túneles del metro que todavía pueblan la hondura de muchos de mis sueños, trolebuses que zumbaban como abejas, así como la buñuelesca sombra de los últimos tranvías, vio apadrinada significativa parte de sus transitares a través de la ciudad por camiones que, antes de la uniformadora entronización de la Ruta 100, admitían modelos y nomenclaturas diversos. Entre ellos, los que presiden mi recuerdo son sin disputa los Delfines y las Ballenas. Aun cuando bajo estándares de tamaño y cupo bastante similares, unos y otros se distinguían desde una gran distancia, sin confusión posible, en razón de su diseño frontal, mientras estabas aguardándolos en cualquier parada. La cara de los Delfines, chata de suyo respecto de los trompudos modelos dominantes durante décadas anteriores, conservaba en la disposición de defensa, morro y parabrisas, cierto inquisitivo relieve echado hacia delante, mientras que las Ballenas poseían la catadura de un rostro enjuto replegado dentro de sus propias cuencas. Ligeramente inclinada pues hacia lo cóncavo, la cara del Delfín; francamente afiliada a lo convexo, la cara de la Ballena. Pero quizá el detalle más pintoresco y memorable sea que unos y otras ostentaban, entre a la puerta de subida y el espejo lateral derecho, el relieve metálico de su respectivo animal totémico.

Cuando llegué a vivir a Morelia, las calles estaban gobernadas sin disputa por un primo carnal de aquellos imbatibles especímenes marinos del océano urbano: los Barracuda. Cierto, estaban los colectivos y los guajoloteros de toda la vida; pero creo recordar que, excepto la ruta roja (que por comodidad y amplitud había mudado íntegro su parque vehicular a las mismas combis que hoy nos resultan tan inhabitables y estrechas, y según yo sólo se subdividía en ruta 1 y ruta 2), la mayoría de los colectivos eran todavía automóviles (folklórico aquello de tener que apearte cada vez que pedía la bajada alguien que iba sentado a la mitad en tu mismo asiento); y tanto ellos como los guajoloteros, pertenecientes a dueños privados, aplicaban una tarifa más cara respecto de aquella de un peso con cincuenta centavos, durante tantos años inamovible en el servicio de transporte urbano subsidiado por el gobierno estatal.

Así que, hacia mediados de los años ochenta, las calles morelianas y el traslado mayoritario de habitantes en su interior era potestad inapelable de los Barracuda. A pesar de que mi distancia temporal respecto de ellos sea menor que la que me separa de Ballenas y Delfines, me resulta imposible caracterizarlos en mi evocación con la misma puntual nitidez. Recuerdo eso sí, claramente, la esbelta figura de su emblema de metal al lado de la puerta de acceso, su siempre acochambrada tonalidad blanca, circundada por las eternas franjas verde y azul. Quien quiera hacerse una idea aproximada de lo que era aquello, recuerde las más vetustas unidades de las rutas San Juanito y San Bernabé con que le haya tocado cruzarse, y luego imagínese que el parque vehicular citadino está omnipresentemente presidido por ellas.

Lo que sí prevalece con indeleble transparencia en mi memoria es la atmósfera que reinaba al interior de tales unidades. Morelia aún era una capital provinciana con muchísimo de pueblo pequeño, y cierto acogedor regusto a demorada ranchería. Los Bukis ya gobernaban el gusto popular de la ciudad, aunque faltaba rato todavía para que Marco Antonio Solís se transmutara sin discusión en el ídolo mediático transfronterizo que hoy es, y debiera disputarse la hegemonía con Los Humildes o Los Caminantes, hoy en comparación prácticamente olvidados. “La puerta negra” de Los Tigres del Norte debió romper por aquellos días records de perdurabilidad en la cima del hit parade, y los niños que se subían a cantar tentaban la compasión de los pasajeros apelando de continuo a un tema que inicia diciendo “por borracho perdí yo a mi hijo…”, para rematar siempre con la misma inalterable letanía octosílaba: “estimados pasajeros, / yo no les vengo a robar, / un pesito o dos pesitos, / lo que sea su voluntad”.

Nadie podía competir en la frecuencia radiofónica de los Barracuda con Radio Ranchito, excepto durante aquella temprana hora correspondiente al pintoresco programa de denuncia ciudadana “Micrófono Abierto”. Y escuchar que la voz de Lucha Reyes arrancaba su insuperable versión de “Juan Colorado”, era anticipar en automático el anuncio del siguiente partido a disputar por el Atlético Morelia sobre la cancha del Venustiano Carranza.

Años más tarde, cobraría yo la afición de subirme a todas las rutas del transporte público local para ver hasta dónde llegaban, para conocer con la mayor amplitud posible la ciudad que el azar y el amor me habían elegido patria. En aquella temprana etapa no llegué a tanto, de modo que nunca alcancé a conocer las ramificaciones de los Barracuda en su totalidad. Para colmo, el arribo de mi familia coincidió con un breve período durante el cual la autoridad municipal había modificado los nombres hasta ahí tradicionales de las rutas, para numerarlas; al poco tiempo, la inconformidad ciudadana obligó a regresar a la nomenclatura previa, desconocida por completo para nosotros. De aquel malogrado experimento sólo sobrevive en la actualidad la Ruta 2. Pero de las rutas tradicionales buena parte también acabó por extinguirse. No quedan ya ni la otrora socorridísima “Directo”, ni la “Circuito San Juan”, ni la “Indeco”, ni la “Popular”. Sobreviven en cambio, en calidad de auténticos fósiles vivientes si por la fisonomía de sus vehículos juzgamos, “Panteón”, “Alberca”, “Circuito Carrillo”.

Sonaré sacrílego. Pero si alguien me solicitara una sola imagen capaz de resumir Morelia en emblema, para mí poseería proporcional —si no es que superior— capacidad alusiva a la de la previsible Catedral, cualquier vetusto ejemplar de rugiente, destartalado y orgulloso Barracuda. Amor sin palabras; ese sí es amor del bueno.