Crónicas de color humo: Checo, luego existo

Crónicas de color humo: Checo, luego existo

Feb. 12. 2019. 11:38
  |  
Sergio J. Monreal
Sergio J. Monreal
Compartir

Como cualquier argot para iniciados, el de los choferes del transporte público colectivo resulta propicio a partes iguales para la curiosidad, la fascinación, la intriga, la repulsión, el temor y la burla. Llegados al volante de su vehículo (camioneta, microbús, camión) hasta el punto donde se encuentre ubicado el próximo checador, enunciarán siempre el mismo diálogo base, independientemente del sello específico que la personalidad de cada uno le confiera, o de los coyunturales añadidos que la circunstancia en turno amerite:

—¿A cuánto voy? ¿Cuánto lleva aquel güey? ¿A cuál sigue?

Siempre las mismas tres preguntas esenciales. Siempre la misma inquietud renovada. Siempre el mismo tono del veterano acostumbrado a hallarse de regreso de todo ante una nueva cuesta arriba del destino. Como los mejores cowboys, como los peores corsarios. A cuánto voy, cuánto lleva aquel güey, a cuál sigue. Silogismos que acotan dentro de sus triangulares límites el arcano de un multitudinario destino común, diariamente refrendado —lo mismo que si se tratara de la primera vez— por todos y cada uno de los operarios, en todas y cada una de las rutas del transporte urbano y suburbano para pasajeros de Morelia y su zona conurbada.

A cuánto voy, cuánto lleva aquel güey, a cuál sigue. Es decir… Uno: ¿llegué a tiempo, o al menos dentro del margen de tolerancia establecido para no tener que pagar multa? Dos: ¿cuánto espacio mediaba entre quien me antecede en la ruta y quien lo antecede a él, en el momento que le tocó checar aquí? Y tres: ¿qué número portaba aquella antepenúltima  unidad respecto de la mía?

Tal ha correspondido siempre a las ciencias formales, no hay que dejarse engañar por el frío continente autorreferencial de semejantes enunciados, pues si se pintan ajenos a toda palpitante realidad empírica es sólo en apariencia; en el fondo se trata de llaves maestras para descifrar con implacable coherencia, hasta en sus más insospechados detalles, el caótico devenir cotidiano de las pasiones citadinas. De la misma manera en que Galileo Galilei sentenció, hará cosa de quinientos años, que la Naturaleza es un libro escrito en caracteres matemáticos, cabe postular que Morelia es un tarjetón de chofer de colectivo, escrito en cifras de reloj checador.

Detrás de la más incomprensible fórmula algebraica (“tres de la quince y ocho de la veintiséis”) se halla cifrado el misterio de que durante los siguientes diez minutos vayas a jugarte la vida a razón de ochenta kilómetros por hora, rebasando automotores con vértigo kamikaze por las más estrechas y mal pavimentadas bocacalles de la capital michoacana, y cayéndote todo el rato encima del resto de los estoicos y ya imperturbables pasajeros. La proposición lógica más abstrusa (“equis trae la cuarenta y pasó a dos cincuentaisiete de ye”) explica con total precisión y diáfana transparencia el modo sobrenatural con que el tiempo pareciera de pronto detenerse en torno tuyo: la unidad donde viajas comienza a desplazarse afectando una paciencia —diríase cósmica— de tortuga budista, se detiene para ceder el paso con una cortesía escalofriante y a todas luces excesiva, y permanece anclada en una misma esquina hasta durante tres eternísimos cambios de semáforo.

Por lo demás, cualquier habitual usuario de este tipo de servicios conoce hasta qué punto una vuelta promedio completa será, con absoluta certidumbre pero en plazos de reparto imposibles de preestablecer, tanto el apocado Doctor Jeckyll como el bestial Míster Hyde, tanto el iracundo Hulk como el contenido Bruce Banner. El mismo individuo que hace un minuto conducía a ritmo de bostezo, frenando para averiguar si la pareja de calmos transeúntes divisados a distancia de dos cuadras tendría acaso intención de abordar su unidad, o consultando con plácida pereza su cuenta de facebook en el celular, de súbito se transmuta furibundo émulo de Ben Hur a las riendas de su cuadriga, vociferando improperios, arremetiendo a bocinazos, saltándose la luz roja con audacia suicida.

Seguro que muchos tripulantes, sea aterrados, furiosos o resignadamente filosóficos mientras fungen como involuntarios coprotagonistas de alguna de las estampas que hasta aquí esbocé, se habrá preguntado en más de alguna oportunidad por qué el grueso de los choferes no conduce a una velocidad estándar fija. Las respuestas son en simultáneo más o menos simples, así como de intrincadas ramificaciones y barrocas consecuencias. Pero como este apunte no persigue ningún informativo fin periodístico, ni ningún adelanto de disección sociológica, sino apenas la captura narrativa de un paisaje respecto del cual sin remedio nos sentiremos huérfanos cuando no se encuentre ya ahí, no abundo más en semejantes direcciones. Baste con decir que la contestación a cada una semejantes dudas se halla grabada con precisas cifras en el tarjetón. A cuánto voy, cuánto lleva aquel güey, a cuál sigue.

Podría algún despistado figurarse que el contenido de la santísima trinidad interrogativa aquí develada ocupa a los choferes sólo durante los lapsos, por definición sucesivos y breves, donde pueda encontrarse interactuando de manera directa con un checador. No es así. De cara a su tarjetón de registro, el chofer de transporte público se sitúa con idéntica obsesión monomaniaca a la del alquimista ante la Obra, disponiendo al resto del mundo en segundo plano, o al menos organizándolo jerárquicamente de acuerdo a la huella jeroglífica que con tinta sangre quedó signada en él.

No exagero. Escúchalos dialogar con su correspondiente copiloto individual o colectivo (esa otra fauna digna de su propia epopeya), cuando lo traen sentado en el asiento de al lado, trepado sobre el compartimiento del motor o colgando del estribo de la puerta de acceso. El tema dominante, asediado con una extenuación digna de Thomas Mann y con un claustrofóbico ensimismamiento digno de Samuel Beckett, es siempre el mismo: a cuánto voy, cuánto lleva aquel güey, a cuál sigue. Y si tienes oportunidad de pasar a su lado cuando conversen en corro, sea en la espera de su turno de salida o al definitivo término de la jornada, presta atención a su charla, y podrás oírlos recapitular con voluntad enciclopédica años de hazañas a final de cuentas resumibles siempre en las mismas tres fijas cuestiones: a cuánto iba, cuánto me llevaba aquel güey, a cuál era que él iba siguiendo.

El otro día puse en la televisión Esquina bajan; esa película de inusitada vigencia en torno a los camioneros defeños de la década del cuarenta, dirigida por Alejandro Galindo y estelarizada por David Silva y Fernando Soto “Mantequilla”. A mi hijo le resultó algo incomprensible la figura entonces habitual del “cobrador”. A mí, a partir de su extrañamiento, me dio por anticipar con absurda nostalgia el futuro donde tanto nuestros checadores —sus informes gritados al vuelo en esta y aquella esquina— como nuestros choferes —sus épicas y sus monomanías— resultarán casi por completo ilegibles para personas que ya no se parecerán a nosotros… y que no obstante, de manera a la par cómica y trágica, continuarán sin saberlo siendo aún iguales a nosotros.