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Crónicas de color humo: El descuartizador

El descuartizador/ Crónicas de color humo:

Dic. 18. 2018. 11:00
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Sergio J. Monreal
Sergio J. Monreal

Tengo un par de amigos que seguro recuerdan con mayor precisión los detalles de algo que para mí ha devenido con el transcurrir de los años estampa neblinosa, evocación deslavada, retazo de una tela ya tan pretérita como vuelta trizas. Ellos eran vecinos del rumbo, y si no el de protagonistas, sí llegó a corresponderles el papel de testigos de primera mano, acompañantes de la oleada originaria encargada de elevar un chisme vecinal a efímera leyenda urbana.


La cosa es que allá por rumbos de la colonia Chapultepec se encontraba un local abandonado no hacía mucho, con cristaleras a la calle, dentro del cual los dueños o los últimos usuarios habían dejado abandonados unos refrigeradores, ande a saber si de paletería, de salchichonería, de esos que siguen estilándose para expender bolsas de hielo, o si franco mobiliario de carnicería. Y sea porque algún residuo de producto abandonado en su interior dio en chorrear hacia fuera, o sea porque el propio mecanismo del armatoste destiló algo de aceite desde sus mecanismos interiores, o sea porque una expedición de púberes ociosos asomados al interior del establecimiento dio en echar a volar desde la más absoluta gratuidad los vuelos de la conjetura fantasiosa (más apasionante cuanto más turbulenta). El caso es que comenzó a correrse la voz de que se hallaba ahí el cuerpo de una persona asesinada.

En alas del rumor, no pasó demasiado tiempo antes de que el contenido escabroso de la fábula optara por el plural, siempre más eficaz cuando de impresionar a la audiencia se trata. Así que al cabo resultó que lo que había oculto no eran uno, sino varios cuerpos. Cuerpos que un asesino apilaba ajeno a toda persecución y a todo escrúpulo.

Por supuesto, en breve el asunto había dejado de ser propiedad de sus inmediatos glosadores y testigos, y podía ser relatado en cualquier esquina de la colonia, por personas que no sabían a ciencia cierta dónde estaba con precisión el local aquel, y que aderezaban a su completo gusto los detalles, esforzándose (sin otra mala intención que la del espontáneo entusiasmo narrativo) por otorgarles cada vez mayor realce, cada vez mayor prodigio, cada vez más potencia para el imantado morbo.

Hay otra exigencia consustancial, obligatoria, imprescindible para todo narrador, sea que se asuma libresco postulante a los premios Nobel o Príncipe de Asturias, o que se conforme con pergeñar sus obras maestras por vía de la literatura oral a la salida de la escuela, en las horas muertas del despacho y la cantina, o en la contingente camaradería dicharachera del transporte público. Esa exigencia se llama verosimilitud. Por descabellado que resulte aquello que estás contando, al narrarlo te entiendes en la obligación de volverlo creíble para tu lector o tu escucha.

Algún escéptico debió objetar con sentido común de aguafiestas lo improbable (lo en aquella época improbable) de pilas de cuerpos así coleccionadas en tan decoroso barrio de la capital michoacana, o la imposibilidad física de meter más de un cuerpo dentro de un refrigerador de paletería, o la cantidad de máquinas frigoríficas necesarias para que el nebuloso criminal pudiera tener almacenadas la cantidad de víctimas que ya se le atribuían. Y la respuesta brotó con lógica implacable, no sólo para garantizarle coherencia narrativa a la fábula, sino para acrecentarle, como si fuera necesario, su pimienta sensacionalista: el asesino no conservaba los cuerpos, sino sólo algunas de sus partes, porque descuartizaba a sus víctimas.

Más apasionante y masoquista sin duda que imaginar galerías como de supermercado adornadas de difuntos, es extraviarse soñando un solo frigorífico colmado de fragmentos humanos. Con ese golpe de anónima inspiración, el cuento cobró forma acabada, cristalizó éxito definitivo, y se extendió por alas del rumor a los barrios vecinos, aun cuando todavía quedara circunscrito a los canales tan omnipresentes como invisibles de la murmuración popular, de la información no oficial.

Una mañana, como resultaba a esas alturas inevitable, la historia saltó a la palestra pública. Algún alma inquieta, no conforme con las delicias y los padecimientos del arte por el arte, llamó al entonces principal programa radiofónico de denuncia ciudadana; y la multitudinaria audiencia cautiva hubo de escuchar, así en el asiento del camión como en la fila de la tortillería, así en el café de los portales como en el puesto de menudo, así en el interior de la casa por limpiar que a través de la ventana ajena fuera de la cual pasaba, la inconfundible voz de su locutor clamando, tempranito, a eso de las ocho:

“¡tiembla Morelia por asesinatos de descuartizador!”.

El exabrupto debió valerle al personaje una reprimenda tan expedita como severa por parte de las autoridades, pues a la mañana siguiente se la pasó regañando a cuanto radioescucha le telefoneó con intenciones de volver a abordar el tema, aseverando que era una irresponsabilidad andar difundiendo chismes escandalosos sin ningún tipo de fundamento.

Pero la obra estaba consumada. Lo que había sido patrimonio particular de la Chapultepec y las colonias aledañas, se volvió patrimonio de toda la ciudad, por sus cuatro puntos cardinales y hasta el último de sus rincones. Con tamaña fortuna, que a los pocos días la procuraduría estatal se vio obligada a emitir un comunicado en el que declaraba carentes de todo sustento los rumores a propósito de un descuartizador operando en la capital michoacana, y a compartir por medio de la prensa los factores que habían dado origen a la historia.

Eso no amilanó en lo más mínimo el entusiasmo fabulador del respetable, ya encariñado con la cinematográfica idea de un serial killer a la moreliana. Claro, el gobierno no quería que se supiera la verdad porque el asesino era un personaje adinerado, el hijo de un influyente empresario o de un político con encumbrados padrinazgos. Y todo el mundo conocía a alguna persona que era pariente de alguien que había visto con sus propios ojos la sangre chorreando del refrigerador o de los refrigeradores. Yo, por mi parte, anduve un par de días paseando por la Chapultepec, confiando en la perspicacia de mi ojo detectivesco, y tomé la anécdota como base argumental de lo que suponía que era mi segunda novela.

La historia siguió aderezándose por colectiva inspiración todavía durante varias semanas, hasta comenzar a diluirse. Hace poco descubrí con tristeza que, luego de largos lustros de haberlo conservado, se me había extraviado el recorte de la página de nota roja donde el principal periódico local transcribiera el desmentido de la procuraduría. Los pésimos borradores de aquella novela aún presentes en mi archivo no me devuelven gran cosa: son las fallidas tentativas de un muchacho de diecisiete años que soñaba hacerse famoso escribiendo literatura policiaca, sin tener aún demasiada idea de lo que significa el oficio de escritor. No queda pues en ellos ni la sombra perfilada de aquella ciudad, ni el doméstico perfume de aventura que podía provocarnos a sus habitantes la inofensiva hipótesis de un asesino cobrando víctimas por sus calles. Víctimas y pedazos que no se apilaban ni en la doliente memoria ni en la intuición temerosa, sino sólo dentro del fértil terreno de nuestra imaginación.

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