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Crónicas de color humo: Entre casi y todavía

Crónicas de color humo: Entre casi y todavía

Dic. 26. 2018. 11:09
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Sergio J. Monreal
Sergio J. Monreal

De pronto me da por preguntarme si esta voluntad retrospectiva, cada vez más presente en mi escritura, no constituirá una suerte de precipitado anticipo de vejez. Después de todo, apenas voy consolidando las vísperas de cumplir cincuenta años, como para ya empecinarme a tal punto en la evocación nostálgica de lo perdido, en el rastreo obseso y medio desolado de cuanto el transcurrir deslíe, desbarata y deshoja; como si mis palabras pudieran, no digamos ya precaverlo de un inminente deterioro, sino de plano arrancarlo de entre las cenizas de un deterioro que lo devoró hace mucho tiempo.

Pero lo cierto es que semejante disposición de ánimo y de mirada no corresponde en mi caso a una específica etapa de la vida: me ha acompañado desde siempre, y se trata antes que nada de una parte fundamental de mi temperamento. Ya de niño, me afanaba por arrancarles a mis mayores el testimonio más puntual posible de cómo habían sido antes las cosas, tratando de obtener a partir de sus palabras la quinta esencia extraviada de un perfume, una textura, un sabor; un color desconocido, pero mío desde antes que naciera. Y cada prenda pretérita que admitía el espejismo de un ayer milagrosamente recobrado, procedía yo a atesorarla con el mayor de los esmeros; más aún, daba en arrebujarme dentro de su imposible, sintiéndome protegido y a resguardo.

Claro que se trataba de una época mucho más propicia que esta para semejantes licencias de ilusionismo. Puede que el rastreo del ayer en el supermercado vintage no favoreciera las puntualidades(tan instantáneas como desechables) que hoy posibilita la web al gusto de cada cual. Pero, por contraparte, los plazos históricos se dilataban y superponían en torno al presente con ondas concéntricas de mayor arraigo, y por consecuencia de mayor perdurabilidad.

Me gusta referirles a mis alumnos de preparatoria la inefable experiencia de que mi abuela y yo pudiéramos compartir como propias, en equitativa proporción, multitud de coordenadas sentimentales y culturales de mediano y largo plazo, no sólo en razón de formar parte de la misma familia, sino como consecuencia bastante generalizada de un medio ambiente social propicio a semejante inercia. Carecía de sentido poner sea debatir quién tenía más derecho de reivindicar como propios a Pedro Infante,Agustín Lara, José Alfredo, Tin Tan, Cri Cri o el Santo, si nuestros abuelos, nuestros padres o nosotros; nos pertenecían en idéntica, si bien matizada medida, y semejante pertenencia iba todavía a alcanzar con saludable amplitud ala promoción generacional siguiente: la de los nacidos hasta comienzos de la década de los ochenta. No quiero decir que todo mundo reivindicara con orgullo y gozo, en términos de elegida propiedad, dicha herencia, pues había sin duda a quienes se les antojaba un fardo nefando, merecedor de las más urgentes caducidades, o a quienes les resultaba un legado más bien indiferente; pero en cualquier caso se trataba de un bagaje adquirido por default, que estaba en ti y viajaba contigo, te agradara o no.

Luego, semejante dinámica se trastocó radicalmente, acaso de manera irreparable. No sé si para bien, no sé si para mal. Hoy las coordenadas de ubicación generacional tienden a caducar con una celeridad vertiginosa, atenuadas ya de suyo por la peculiar atmósfera dominante: una atmósfera asentada de un lado en el sostenido entendimiento colectivo de simultaneidad global, y de otro en un sentido de pertenencia tribal cada vez más fragmentario.

Por cuanto a mí en lo particular respecta, aquel sostenimiento de pretéritos sucesivos perdurando con reconocible salud en el ahora, se me volvió desde temprano seña de soberana elección, ruta de trabajo y eje de travesía. Durante la adolescencia, cuando comenzaba a escribir, sentando las bases de lo que al cabo se me convertiría en oficio, disfrutaba y padecía de tiempo casi completo la nostalgia algo absurda de no haber vivido en los años cuarenta. Asistía a la secundaria en el turno vespertino y, llegado a mi casa hacia las ocho de la noche, me tumbaba en el sillón a sufrir mis desamores escuchando en RadioFelicidad el programa “Serenata en tu ventana”; pura música grabada más de veinte años antes de que yo naciera, y que venía a revivir, a revolver y a completar, un patrimonio de lealtad acumulado desde muy temprano en torno aBenny Moré, Amparo Montes, Toña La Negra, Los Hermanos Martínez Gil, la Sonora Matancera, Acerina y su Danzonera, Pérez Prado.

Creo que semejante lealtad no me impidió de ninguna manera ni vivir mi época, ni usufructuar a plenitud una enorme cantidad de hallazgos complementarios, convergentes, divergentes y paralelos. Pero sin duda hay algo que ya no se explica sólo en términos de situación nacional y avatares generacionales, cuando tienes que aceptarte ante el espejo como un tipo que entre los dieciocho y los veinticinco años, cuando el grueso de la gente de su edad entronizaba leyenda o mito urbano a Kurt Cobain y Caifanes, prefirió construir para sí morada perdurable en las canciones de Gut y Cárdenas y Lucha Reyes.

Yo ya les parecía un viejito a varios de mis compañeros en la secundaria, en razón de mi carácter, mis aficiones, mis manías y mis gustos. No estaba mal. Un viejito de catorce años, obsesionado por recuperar en su augural paisaje de inminencias la huella palpitante de cuanto le precedió. Hoy, tanto tiempo después, sé bien que no escribo en retirada, desde la rencorosa amargura de quien considera que lo mejor ha pasado ya; escribo desde la misma fascinada usura adolescente que me hacía cantar boleros de tres décadas atrás, en homenaje y ofrenda para los ojos, la boca y la piel en flor de una ya no niña pero todavía no muchacha. Algo ha cambiado no obstante: ahora soy yo quien redacto en prosa mis propios boleros para una ciudad ya no muchacha pero todavía no niña, suspendida en el claroscuro de sus casi y sus todavía. Imaginando lo que fue. Recordando lo que será.

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