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Crónicas de color humo: Hombres y nombres

Crónicas de color humo: Hombres y nombres

Dic. 11. 2018. 12:29
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Sergio J. Monreal
Sergio J. Monreal
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Hace muchos años, la fachada del por entonces único establecimiento de Tortas La Imperial en la capital michoacana, sobre Avenida Madero,  lucía una enorme manta rotulada, en la que si la memoria no me traiciona podía leerse algo así como:

“Atlético Morelia, un equipo de hombres, no de nombres”.

Manta y lema sublimaban a nivel de consigna militante cierta declaración del entonces dueño del equipo local, Nicandro Ortiz. La presión periodística y el clamor de la afición eran unánimes: si es que de verdad quería revertirse el vilo de unos Canarios eternamente con un pie en los últimos peldaños de la tabla general, y el otro coqueteando con las frías corrientes de la Segunda División, debían ser contratados jugadores con mínimo reconocimiento dentro del medio. Irritada y espontánea le brotó a Nicandro la respuesta, misma que durante los siguientes años uso, sufrimiento y costumbre elevarían a la condición de frase de carácter, y la labor de la Tota Carbajal a la de realidad práctica.

Forman parte del anecdotario futbolero de la ciudad aquellos viajes de la escuadra canaria ida y vuelta en autobús para jugar en el remoto norte del país (con un lunch por cabeza), las heroicas series por el descenso (la categoría de élite conservada a sangre y fuego en calidad de “el menos peor”), así como aquel par de infernales casi cielos donde los hombres sin nombre lograron poner contra las cuerdas al Cruz Azul y al América dentro de las mismísimas semifinales. La pobreza una vez más como virtud, el incontestable mérito espiritual de la carencia, la emoción masoquista de encontrarte perpetuamente suspendido entre el casi perder y el casi ganar.

Yo vivía a un par de cuadras del estadio Venustiano Carranza. Desde cosa de dos horas antes del silbatazo inicial. comenzaba a asaltarte la impresión de que todas las rancherías de Michoacán habían decidido trasladarse en éxodo para montar campamento en la colonia Vasco de Quiroga. El perfil promedio de la afición era por entonces abiertamente pueblerino, como si al equipo lo sintieran más netamente suyo en las tenencias incorporadas al municipio, que en la ciudad propiamente dicha. A la hora del partido solía salirme al patio y cerrar los ojos. Los rumores de la tribuna llegaban hasta ahí con absoluta nitidez, lo mismo que si te encontraras en las tribunas del estadio. Cada gol a favor representaba un sólido estremecerse de ventanas.

Según mi parecer, la estampa que mejor pinta a Nicandro Ortiz como hombre fuerte a la cabeza de ese sufrido equipo de futbol, data de algunos años después. Enrique “el Ojitos” Meza acababa de lograr lo imposible. Había recibido al Morelia ya no con un pie, sino con un pie tres cuartos en el descenso, y sin embargo había conseguido salvarlo. Entre lágrimas, abrazos y porras, cámara y reportero descubrieron en la cancha a Nicandro y se aproximaron a fin de recoger sus impresiones. Uno ante tales trances se prepara para escuchar en automático los lugares comunes de un protocolo no escrito; nunca perdimos la fe, sabíamos que estaba en nuestras manos, siempre hemos creído en este proyecto, se tomaron las medidas adecuadas. Nicandro, entre la desfachatez, el franco azoro, y quién sabe si hasta con cierta secreta decepción (era evidente que el negocio había comenzado a serle más engorroso que divertido), se limitó a declarar “la verdad yo creí que ahora sí nos íbamos”.

Nunca sentí especial aprecio personal por el personaje, pero soy depositario de un profundo arraigo sentimental, situado dentro de coordenadas de memoria que de alguna manera contribuyó a delimitar, así como devoto cofrade del pedazo de realidad compartida a que su sola evocación remite. En esa Morelia, la de los Canarios de Nicandro, concurrieron a mí los verbos esenciales: mirar, preguntar, amar, escribir, ser. Una Morelia que conjugaba en pretérito las prendas esenciales de su día a día, creando en torno a todos nosotros quién sabe qué coloratura retro, capaz lo mismo de enervarte que de hacer que te sintieras secretamente protegido, abrigado, acompañado, cómplice. La naciente televisión estatal pasaba programas de veinte años atrás, varias estaciones radiofónicas conservaban una estética de locución y una estilística publicitaria propias de la primera XEW, los cines seguían dando aún tandas dobles con permanencia voluntaria.

 Dudo que haya manera de explicar lo que era aquello. Una ciudad que conservaba a flor de piel, no como impostación comercial para el turismo sino como ropaje cotidiano, vivo todavía, buena parte de los atavíos de sus sucesivos pasados.

De ninguna manera me atrevería a postular que se trataba de una mejor ciudad que esta de ahora. Acaso apenas compartir la sensación de que sus luces y sus sombras resultaban mucho más domésticas, que sus certidumbres y misterios se mostraban mucho más al alcance de la mano. O tal vez ni eso. Tal vez apenas justificar el hecho de que el día que dieron la noticia de que Nicandro Ortiz se había muerto (hace cosa de siete u ocho años), contra todo empeño y todo raciocinio, me dio por descubrir de súbito ensanchadas las voraces márgenes de la soledad; una soledad que no era solamente mía.

Si tuviera que elegir una efeméride particular, durante la cual los hombres sin nombre  pusieron a su feligresía, luego de tantas sufridas devociones, en trance real de contemplar la gloria, me quedaría con el partido de ida de aquella semifinal contra Cruz Azul. Era jueves, y los Canarios habían ganado dos a cero; para el domingo, los capitalinos habrían ya devuelto el cielo a la tierra y la tierra al habitual infierno, remontando con goleada; pero esa tarde de entresemana semejante plazo de  futuro importaba más bien poco. La Tota Carbajal declaraba a la prensa algo así como: “se trata de un gran equipo, pero con todo respeto le pusimos un baile”; el gobernador anunciaba la habilitación de decenas de autobuses para trasladar gratis hasta el estadio Azteca a cuantos estuvieran dispuestos a la épica excursión; y el “Juan Colorado” te salía al encuentro en todas las esquinas, con peculiar dulzura.

Hurgando en las hemerotecas debe sobrevivir por ahí, entre las páginas de algún periódico amarillento, cierta foto que resume no sólo la victoria, sino también la peculiar temperatura de aquellos días, el pulso irrepetible de aquella ciudad, aquel orgulloso aire plebeyo de un tiempo que se nos fue.

La foto corresponde al término del partido; la gente, eufórica, ha saltado a la cancha, y por la pista de atletismo del Venustiano Carranza una multitud lleva en hombros a la Tota Carbajal; encabezándola, van corriendo dos niños anónimos y medio zarrapastrosos, cuyos rostros son la viva imagen de la felicidad.