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Crónicas de color humo: Los chinos

Crónicas de color humo: Los chinos

Ene. 29. 2019. 11:18
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Sergio J. Monreal
Sergio J. Monreal

Tres perfiles culinarios otrora inexistentes o por completo periféricos en Morelia, han terminado por  consolidarse como una oferta básica ya naturalmente instalada para cualquier morador promedio de la capital michoacana que quiera o deba comer fuera de casa. Me refiero a las tortas ahogadas, a los makis y a la comida china. Por supuesto, la oferta en ese sentido resulta a estas alturas mucho más vasta y variopinta, y no admite circunscribirse a esa tres exclusivas opciones; pero estimo que otras alternativas, o bien se insertan con naturalidad en modelos arquetípicos base previamente instalados (como las torterías convencionales y las taquerías), o ya existían con presencia significativa en la ciudad cuando yo arribé a ella hacia mediados de los años ochenta (las pizzerías, los vendedores de hamburguesas), o no han conseguido aún el arraigo generalizado indispensable para aspirar a la categoría de hábito ciudadano.

Nos hallamos por supuesto aquí en un terreno muy distinto al de las corundas, las carnitas, los ates, los gazpachos y las enchiladas placeras: el terreno de aquello que en términos convencionales no cabe denominar como tradicional de Morelia, pero que sin embargo, compartido en escala global con ande a saber cuántas otras ciudades del orbe, funda nuevos géneros de tradición dentro de los cuales sus habitantes tienden inequívocamente a reconocerse.

Las tapatías tortas ahogadas, así como su repertorio a la vez convergente, divergente y paralelo de derivaciones y subproductos, no han sido de mi agrado jamás. De suerte tal que me resultaría imposible aventurar apreciaciones retrospectivas a propósito de su indisputable e impresionante auge. Asimismo, para los fines de la meditación que quiero acometer, quedo inhabilitado del todo a la hora de deducir qué tanta participación directa de oriundos de Jalisco ha ido de por medio en el fenómeno.

Sobre los makis tampoco puedo opinar gran cosa, excepto que son un éxito constatable en la recurrencia de puestos, hasta por los más insospechados y periféricos rumbos de la abigarrada geografía vallisoletana. Eso, y que no detecto que su proliferación haya traído consigo ningún significativo incremento entre la —supongo— rala colonia nipona que pueda vivir entre nosotros; hasta donde yo alcanzo a vislumbrar, la inmensa mayoría de establecimientos de makis en Morelia tiene dueños y despachadores nacionales.

Mis impresiones y reflexiones a este respecto deben, pues, concentrarse en los chinos.

Sólo recuerdo un par de restaurantes de comida china en Morelia hacia mis años de preparatoria; acaso hubiera otros, pero en todo caso no debían ser muchos más. Y en esos dos que mi memoria retiene, no había nadie que diera traza de provenir del gigante asiático. Hoy, por encima de la cantidad de lugares morelianos donde se vende comida china, si algo me asombra, atrapa e intriga, es la altísima proporción de ellos que son administrados y atendidos por chinos.

Considero que bien valdría la pena que algún profesional del periodismo consagrara una temporada de sus oficios y desvelos a indagar, para luego consignar en un sustancioso reportaje, cuáles son los rasgos que configuran dicha migración. Cuántos son, de dónde vienen y cómo llegaron los chinos de Morelia. ¿Provienen directamente del remoto oriente? ¿Son escindida fracción de una comunidad china más próxima (la de la Ciudad de México, la de alguna ciudad estadunidense)? ¿Funcionan en nuestra ciudad como una colonia propiamente dicha, o se han establecido de manera independiente y sin mayores contactos entre sí? ¿Cómo viven Morelia? ¿Cómo se incorporan más allá del funcionamiento de sus negocios a la vida citadina? ¿O es que se mantienen impermeables a ella? ¿Les gustan los uchepos, el menudo, los toritos de petate y la música del Buki, o se ciñen al más estricto autoconsumo gastronómico, cultural, nostálgico y sentimental? ¿Establecen relaciones más estrechas que las de cliente, proveedor y autoridad con los mexicanos? ¿Cuál es el vigente contacto que mantienen con su nación de origen? ¿A qué regiones de su inconmensurable, distante y mítica nación hay que remitirlos originariamente? ¿En qué franjas sociales cabe repartirlos?

Se trata de una misión que me tienta, pero que me excede. No soy periodista. No dispongo ni de las herramientas, ni del descaro, ni de la tenacidad indispensable para acometerla. Me avergüenzo sólo de imaginar que cualquier día, luego de ordenar unos fideos o unas costillitas de cerdo en salsa agridulce, le pregunto a la persona que atiende quién es, de dónde viene, adónde va. Se me figura un atrevimiento imperdonable, un abuso de invasividad, una falta de respeto. Dice Filiberto García en El complot mongol  que lo que le gusta de los chinos es que saben callar y no meterse en lo que no es de su incumbencia, y a mí me da por pensar que se trata de un hábito que se impone de ida y vuelta, que por vía del ejemplo te obliga a ti mismo al celebérrimo no veo, no oigo, no hablo. Pero al mismo tiempo me provocan una enorme curiosidad.

Me ha tocado ser despachado por mujeres de diversas edades, que apenas dominan los rudimentos del castellano indispensables para indicar los precios y devolver el cambio. Durante una temporada (antes de que el restaurante que él y su madre administraban casi en la  esquina de Lázaro Cárdenas y Ventura Puente desapareciera sin dejar rastro), me tocó observar a un joven en edad preparatoriana que hacía gala de una manifiesta voluntad por apropiarse cuanto antes la mayor cantidad de códigos de su país de adopción. La última vez que fuimos por una orden para llevar al establecimiento de este género que queda más cerca de casa, mientras mi mujer se hacía cargo del pedido, me quedé contemplando a un cincuentón que allá al fondo bebía té, echando mano de primorosos implementos que he visto muchas veces en el cine; era evidente no sólo que no hablaba una sola palabra de español, sino que de alguna suerte se las había ingeniado para que ese rincón y ese ritual fueran China, lo ubicaran en China, lo hicieran sentirse por completo en China, sin importar cuanto pudiera suceder apenas a unos metros de su espalda (no digamos ya más allá del zaguán).

Me gustan los chinos. En esta Morelia, cuyas transformaciones por lo regular tienden a instalarme en una impiadosa sensación de exiliado, su misterio constituye una novedad capaz en simultáneo de inquietarme, hipnotizarme y confortarme. Lo mismo que cuando había trenes, y al ocupar tu asiento descubrías frente a ti a alguien con quien no ibas a cruzar diálogo alguno, pero al que por alguna inexplicable razón agradecías como compañero de viaje.

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