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Crónicas de color humo: Programa doble

Crónicas de color humo: Programa doble

Nov. 27. 2018. 11:45
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Sergio J. Monreal
Sergio J. Monreal

Uno de los hábitos que me resultaron más peculiarmente llamativos tras mi irreversible arribo a Morelia, allá por el verano de 1984, fue el hecho de que todas las salas cinematográficas de la ciudad exhibieran sin distinción programas dobles, de acuerdo al perfil de cada una.


Si no me falla en demasía la memoria, en aquel entonces funcionaban cosa de una decena de cines. El Colonial y el Morelia, consagrados a la producción vernácula, con predilección por las ficheras de Rafael Inclán y Alfonso Zayas, así como por los narco-thrillers de los hermanos Almada. Los Multicinemas de Plaza Las Américas, con cuatro salas, a las que otorgaba plus encontrarse en el centro comercial moreliano más moderno y más chic de la época. El Victoria, el Morelos, el Rex y el Eréndira, dominando el Centro Histórico, y en los que por igual podías acceder a lo último de la cartelera que a reestrenos retro francamente apetecibles, o a sorpresivas extensiones de la Muestra Nacional de la Cineteca. El Lázaro Cárdenas y el De Luxe, que por el sólo hecho de ubicarse medio al margen de los otros, allá hacia el suroriente, adquirían no sé qué de apartado y excéntrico. La pornografía quedaba monopolizada por el Buñuel, ubicado en el mismo sitio donde hoy hereda, prolonga y actualiza sus decadentes glorias el Arcadia. Para entonces hacía poco que habían cerrado el Cine del Río en la calle Abasolo, y no tardarían en abrir la populachera sala dúplex Árbol Grande en la esquina de Madero y Periodismo.


Dispongo de al menos un episodio para reseñar memoriosamente en cada una de esas salas. Algunos ameritarían capítulos enteros para detallar con mayúscula, otros apenas breves pies de página en tono menor para consignar accidentales excepciones o marginales curiosidades. Mi descubrimiento de Tarkovski en el Morelos. Un inolvidable ciclo de cine policiaco en el Rex. Otro de puras de romanos en el Eréndira. Las tandas de Bud Spencer y Terence Hill en el Lázaro Cárdenas. La zozobra de Cuando el destino nos alcance en el De Luxe. El golpe con Redford y Newman en el Victoria. La vez que pretendimos ingresar con un amigo de la secundaria a la sala 4 de los Multicinemas para ver la fresísima Su primera experiencia, sólo para ser humillantemente rechazados por el boletero apenas advirtió nuestros rostros imberbes, pues la cinta estaba etiquetada como clasificación C. La impresionante multitud que abarrotaba el Cine Morelia cada fin de semana. Un insufrible programa doble de la India María en los Árbol Grande, que un berrinche de la menor de mis hermanas nos hizo padecer en familia cierto domingo. Mi tardía visita al Colonial cuando anunciaron que estaban por cerrarlo (con las grotescas consecuencias que son del dominio público), dado que era el único al que no había entrado jamás.


Pero quería referirme aquí más bien a la irrepetible sensación que aquellos programas dobles con permanencia voluntaria provocaban en la audiencia.  De entrada, ir al cine en Morelia durante la segunda mitad de los años ochenta exigía mentalizarte para pasar en la butaca la tarde entera. No sólo había un intermedio natural entre una película y otra, sino también un intermedio extra a la mitad de cada cinta, de tal suerte que la sesión promedio tendía a durar cosa de cuatro horas. Detalle singular, especialísimo, imperecedero en la retina de mis recuerdos, otorgaba el hecho de que al inicio del intermedio mayor (el que separaba las dos películas de la tanda), además de los cortos correspondientes a los estrenos por venir, así como de los infaltables anuncios de cerveza con espectaculares paisajes, incluyera una serie preliminar de anuncios locales; porque tales anuncios no eran anuncios filmados, sino publicidad fija, como la que podías encontrar en la página de anuncios clasificados del periódico: apenas apagadas las luces, una serie de plantillas de mica dispuestas ante la luz desnuda del proyector se encargaban de promocionar en pantalla una óptica, una sastrería, un local de tortas… Ya no recuerdo si esos anuncios de publicidad fija desfilaban ante nuestros ojos en silencio, o si su contenido era leído en voz alta a través de las bocinas de la sala. Alguien con mejor memoria que la mía seguro recordará el detalle. Lo que sí tengo claro es que durante su lapso de exhibición no se escuchaba música ambiental, lo cual creaba quién sabe qué extraña atmósfera de recogimiento propiciatorio.


La estética del convivio cinematográfico antes de la entronización de los emporios neoliberales que actualmente lo monopolizan, propiciaba una diversidad bastante variopinta. A diferencia de lo que ahora es norma, no había dos cines iguales. Y esa singularidad intransferible de cada edificio y cada sala, hacía que la vivencia toda consumada bajo su tutela quedara pintada ya para siempre con tintes distintivos que vuelven imposible confundirla con otras. Nada se comparaba con el tono naranja de las butacas del Victoria. Nada se comparaba con el pasillo de salida del Rex a García Obeso, poblado por los carteles de los próximos estrenos. Nada se comparaba con la enormidad faraónica del Morelia. Nada se comparaba con el apartamiento íntimo y suburbial del De Luxe.


Hoy las salas cinematográficas se producen en serie, con la aséptica impersonalidad propia del funcionalismo postindustrial. Y cada estratagema corporativa por otorgarle a alguna de ellas “un toque especial”, no contribuye sino a desnudar con mayor sensación de intemperie esa uniformidad grosera. Ni siquiera interesa demasiado en cuál sala de la ciudad te encuentras, ni a qué cadena pertenece; por lo que a identidad fisonómica se refiere, podrías hallarte lo mismo en Monterrey, Tlaxcala o Cuautitlán. La alternativas de distinción se autorizan con criterios exclusivamente lucrativos y clasistas, como las llamadas salas VIP.


No obstante, y tengo la impresión de que conviene hasta lo imperativo no olvidarlo, hubo un tiempo donde el escenario mismo donde ibas a ver una película ya comenzaba desde tu arribo a educarte por sí solo el alma, el corazón y los ojos. Yo había ido infinidad de veces al cine para cuando llegué a vivir a Morelia, pero nada dentro de mi anecdotario previo se parecía a la experiencia de ir al cine en Morelia. También desde el interior de la sala cinematográfica aprendías a conocer, reconocer y amar a la ciudad.

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