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Crónicas de color humo: Rumbos de San José

Crónicas de color humo: Rumbos de San José

Ene. 22. 2019. 11:03
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Sergio J. Monreal
Sergio J. Monreal

Mi imposible amor de la secundaria vivía cerca de San José; así me lo había informado a poco de conocernos, durante una de las escasas charlas que conseguí entablar con ella sin entrar en estado catatónico; estado, hay que decirlo, más bien contraproducente a la hora de acumularme méritos y procurarme esperanzas. Se trataba de la época en que estaba yo recién llegado a la ciudad, de modo que comenzaba apenas a ubicar sus puntos cardinales más básicos. En principio, pues, San José no significó para mí sino el sitio donde ella vivía, sin que tuviese siquiera noción alguna de dónde se encontraba ubicado.

Sólo pude situar materialmente la ubicación de la iglesia, la plaza y el barrio, una tarde en que concurrimos mi familia y yo a la presentación de una pastorela. “Pastores de la ciudad” de Emilio Carballido, puesta en escena si la memoria no me falla por el maestro José Manuel Álvarez. La función no tenía lugar en San José, sino en el Patio del Quijote de la Casa de la Cultura, ubicada como todo el mundo sabe en el Ex-Convento del Carmen; pero al arribar a la última esquina previa al sitio al que nos dirigíamos, mis padres señalaron a nuestra derecha la cuesta ascendente de una bonita callejuela, rematada allá al fondo por la esbelta silueta de las torres de un templo. “Es San José” dijo alguno, y continuamos nuestro camino.

Recuerdo que la pastorela nos hizo reír mucho; y lamento que, por más que apure la evocación, me resulte imposible puntualizar quién era el actor que interpretaba al Diablo, llevándose como es habitual la mayor ovación por parte del público a la hora de los aplausos. Pero la verdad es que yo le presté sólo un pequeño porcentaje de mi atención a la obra. Desde mi sitio en la gradería, no cesé de voltear una y otra vez en dirección a la bocacalle de Emiliano Zapata abierta a Morelos, misma que en la distancia se me figuraba el más imantado y prometedor de los umbrales del prodigio. Remontando esa cuesta que sólo me había sido posible contemplar durante unos segundos, estaba ella.

A partir de entonces, y durante cosa de dos años, me acostumbré a sitiar los rumbos de San José con una mezcla de entusiasmada ilusión y claustrofóbico masoquismo. Ni tenía la menor idea de dónde se hallaba con exactitud el domicilio donde moraba el objeto de mis desvelos, ni tendría jamás los arrestos necesarios para requerirle precisiones sobre el particular. Sin contar que, ya establecido en puntuales términos geográficos, aquello de “vivo por San José” adquiría una vaguedad por completo exasperante e incierta. ¿Qué significaba “vivir por San José”? ¿Qué tan lejos estaba obligado a llevar mis excursiones, mis asedios y mis pesquisas?

Y sin embargo se mueve. Ya fuera que alguna razón ajena a mi ensimismado idilio me llevara a trasladarme por aquellos rumbos, o que la obsesa devoción me empujara a recorrer por enésima vez cual laberinto las calles inmediatas que cercan la plaza, yo acompañaba cada excursión con la sobresaltada expectativa de que ahora sí la encontraría.

Quiso la suerte que aquel fuera después el barrio de mis años de preparatoria, y desde hace dos décadas el de mi día a día laboral más perdurable. Lo curioso es que nunca he desarrollado ningún sentido de pertenencia hacia él. Puedo sentir en mayor o menor medida propios —obedeciendo a diversas inflexiones y etapas de mi biografía existencial, sentimental, logística y poética— a San Agustín, a San Juan, a la Soterraña, a Capuchinas, al atrio de la Iglesia del Pilar. Pero no a San José, con excepción quizá de la breve y casi siempre solitaria calle Constitución de 1917, paralela a Plan de Ayala.

Y me gusta San José. Me gusta su reloj que no consigo recordar sino atrofiado; me gustan las banderolas que tienden desde las torres de su iglesia hasta las casas vecinas  durante los días de la fiesta patronal; me gusta la kermesse que se instala entonces a las puertas del templo; me gustan sus pródigas escalinatas donde juegan los niños y se sientan a perder el tiempo los enamorados; me gustan las hordas de preparatorianos tomando posesión de todos los rincones de la plaza con socarrón desparpajo a cualquier hora; me gusta el caos de romería estudiantil que acostumbra desatarse hacia las dos de la tarde; me gusta cada una de sus calles aledañas, meritorias en singular para su propio recuento, su propia colección de estampas, su propia crónica; me gusta instalarme en el interior de la iglesia durante las horas de la mañana en que está casi vacía.

Pero por rumbos de San José me he sentido siempre como de visita en una casa que no es la mía, por mucho  que me guste. Y sólo ahora me pongo a meditar que acaso ello se deba a la manera y los motivos originarios que me llevaron en los años de mi adolescencia a entrar en contacto con el barrio. Por encima de las infinitas veces que en épocas posteriores me consagré y me he seguido consagrando a caminarlo de manera gratuita, sin afanes ni zozobras que no sean los del ojo consagrado a mirar, ha regresado a mí por un instante el perfume de aquellos días. Cuando, trepado en un camión ruta Panteón o Directo, me bajaba antes de mi destino con tal de tener que atravesar San José a pie. O cuando, camino de mi clase matutina de pintura en la Casa de la Cultura, aminoraba el pedaleo en la bicicleta escrutando cada puerta que se abría, y sintiendo acelerárseme el corazón dentro del pecho.

¿Es verdad que el reloj de San José ha estado siempre descompuesto? ¿Estuvo descompuesto largo rato, pero lo repararon? ¿Lo repararon, pero volvió a descomponerse? No quiero ponerme a ojear páginas web a la búsqueda del dato. Presiento que en la respuesta a esa pregunta entraña su cifra mi relación con ese barrio moreliano, siempre que no apele a subterfugio alguno para procurar contestarla.

Hace unos días, recién salido de la escuela donde imparto clases y encaminándome ya rumbo a mi casa, me detuve en la bocacalle de Emiliano Zapata abierta a Morelos, y me volví para contemplar —como suelo hacerlo siempre que por allí paso— la iglesia de San José coronando la pendiente al fondo. Una de las más hermosas y emblemáticas postales cotidianas a mano para los moradores de esta ciudad. No alcanzaba a distinguir si el reloj estaba funcionando o no; y la pregunta a ese respecto se me transformó sin casi sentirlo en otra, que ahora entiendo con nitidez  su prolongación, su doble, su gemela: ¿dónde sería que vivías?

Y fue lo mismo que si hubieran pasado  poco menos de treinta segundos, y no poco más de treinta años.

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