Una historia olvidada. Los inventos escolares en México, 1876-1942

Feb. 05. 2020. 15:43
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Redacción IDI Media
Redacción IDI Media

Vandari M. Mendoza

Universidad Pedagógica Nacional

Unidad 161, Morelia, Michoacán

[email protected]

Hace casi 120 años, el 14 de junio de 1900, apareció en la tercera página del diario La Patria, un pequeño recuadro con el siguiente aviso:

Invento escolar

El profesor de primeras letras, D. Manuel Beltrán, ha inventado una regla decimal para enseñar a los niños la lectura y escritura de las cantidades numéricas, con la que ha practicado durante cinco años con éxito. Últimamente se ha dirigido a la Secretaría de Fomento, para solicitar la patente respectiva que ampare su invención.

Esta invención, que podría parecer excepcional, simplemente es un ejemplar más de los cientos de inventos escolares que se crearon y patentaron en nuestro país durante los siglos XIX y XX. Tal como lo hizo el profesor Beltrán, más de trecientos personajes, radicados en México, desarrollaron inventos escolares y decidieron patentarlos, con el propósito de transformar las prácticas educativas, introducir nuevos objetos didácticos, renovar el mobiliario o mejorar los útiles escolares en todos los niveles educativos. Una historia que ha permanecido en silencio, encerrada en los archivos, víctima del paso del tiempo y de la condescendencia de los investigadores que han soslayado la importancia de su reconstrucción histórica.

Para colmar de voces, cuerpos y experiencias estos silencios, desde finales de 2018, se puso en marcha en la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad 161 Morelia, un vasto proyecto de largo aliento titulado: “La invención de tecnología educativa en una época de transición. Evidencias en el sistema mexicano de patentes, 1890-1942”, que busca recopilar, sistematizar y examinar los datos que se hallan resguardados en el fondo de patentes y marcas del Archivo General de la Nación (AGN), para descubrir y divulgar las tendencias, continuidades y rupturas que se suscitaron en el campo de la invención de tecnología escolar en el México porfiriano y posrevolucionario.

En efecto, una cantidad significativa de esas experiencias se encuentra depositada en las galeras del antiguo Palacio de Lecumberri —con excepción de algunos expedientes extraviados— donde coexiste con miles de patentes de otros campos tecnológicos que, en conjunto, poseen una grandiosa cantidad de ideas, saberes, deseos e imaginarios de la más diversa naturaleza. Ahora, después de un año de trabajo de archivo, exhumación de documentos y sistematización de la información, podemos comenzar a re-presentar y re-construir esta historia olvidada.

Un repertorio de inventos

Lo que encontramos al abrir las cajas y legajos del fondo de patentes y marcas del AGN es un amplio repertorio de objetos didácticos, muebles escolares y útiles para facilitar la enseñanza. Luego, al revisar los expedientes, cada una de las invenciones va cobrando vida. En las solicitudes, los inventores suelen declarar con viveza los esfuerzos físicos e intelectuales que efectuaron, las penurias materiales que padecieron y los beneficios que sus creaciones traerían para la educación nacional. En las descripciones, mientras tanto, revelan los secretos de sus artefactos, su configuración técnica y funcionamiento. Algunos lo hacen con explicaciones sencillas y hasta didácticas; otros, con menos dotes divulgativos, emplean un lenguaje oscuro, casi ininteligible. En esos casos, sin embargo, están los dibujos que revelan lo que sus inventores no pudieron expresar con palabras: los saberes tácitos, aquellos que fueron adquiridos con la experiencia y que quedaron incorporados en sus objetos. Aparece, entonces, la fisonomía del invento y sus entrañas mecánicas. Por último, otros documentos diversos nos muestran las cuotas de registro, los dictámenes sobre el cumplimiento de requisitos, las declaraciones de los abogados de patentes o apoderados que facilitaron los trámites y, en algunos casos, las demandas de personas que veían lesionados sus derechos con las propuestas inventivas.

En estos papeles se va perfilando la biografía de cada invento. Al menos, la historia de los días en que sus autores consideraban que sus propuestas estaban destinadas a tener una larga vida en las aulas. Estos anhelos, sin embargo, no siempre se cumplieron y varios inventos permanecieron toda su existencia en el archivo, nutriendo la colección de ideas y saberes que hoy nos ayuda a comprender el imaginario educativo de la época. Una colección que logró reunir 102 inventos patentados durante los años del régimen de Porfirio Díaz (1876-1911) y que se nutrió sustancialmente con otras 232 creaciones del periodo posrevolucionario (1912-1942). En total, 334 inventos escolares que nos muestran una imagen bastante detallada de las preocupaciones, necesidades y deseos educativos de la sociedad mexicana de aquel entonces. 

Por ejemplo, respecto a los objetos didácticos, pueden hallarse sistemas pedagógicos para la educación primaria, silabarios mecánicos, juegos instructivos, aparatos para la enseñanza de lecto-escritura y una amplia variedad de artefactos para que los alumnos aprendieran casi todas las materias del currículo educativo (geografía, historia, dibujo, aritmética, taquigrafía, mecanografía, anatomía, teneduría de libros, música, etc.). En cuanto al mobiliario, aparecen pizarrones, mesa-bancos, bastidores, pupitres, atriles, mesas de dibujo, porta-planos e incluso el modelo de un edificio escolar. Por último, en el ámbito de los útiles escolares, una constelación de gises, borradores, reglas, plumas, lápices, sacapuntas, calendarios, hojas de papel, calculadoras, tablas de multiplicar y muchos otros objetos más, domina el universo creativo de los inventores mexicanos. 

Una pléyade de sujetos

Entre los inventores que produjeron este raudal de propuestas se encuentran algunos educadores conocidos de la época como Hipólito Salazar, Pomposo Becerril, Clemente Antonio Neve o Longinos Cadena, pero también aparecen docentes desconocidos como Mariano de la Garza, Andrés Oscoy, Eufemio Cervantes o el propio Manuel Beltrán que citamos al inicio. Junto a ellos, otros personajes fueron adquiriendo relevancia mientras más nos introdujimos en el archivo, dejándonos descubrir una significativa trayectoria inventiva. Ahí están José G. García, Miguel Vallejo, Constancio López Jiménez, Fabriciano Sanz, Juan Bringas y los hermanos Jorge y Julio Quijano. Cada uno ellos, con sus propios medios, patentó cuatro o más inventos escolares. 

Asimismo, esta generación de inventores se reforzó con personajes poco vinculados con el mundo escolar, o con actores sociales que no han sido plenamente considerados como “sujetos educativos”, pero que fueron conscientes de la necesidad de transformar y mejorar los procesos educativos, quizás por sus propias experiencias (traumáticas) al interior del salón de clases. Así, podemos encontrar fotógrafos, empleados, ingenieros, abogados, mecánicos, comerciantes, tenedores de libros (la forma como se conocía a los contadores), músicos y hasta agricultores que desarrollaron propuestas inventivas. La inmensa mayoría eran mexicanos y radicaban en la ciudad de México, aunque, desde luego, no faltaron inventores extranjeros y avecindados en provincia. 

Un escaparate de experiencias

Estas patentes no sólo nos muestran los objetos escolares que sus autores proyectaron en algún momento de sus vidas, también son una maravillosa “vitrina” que nos concede la oportunidad de observar y representar las prácticas educativas del pasado mexicano. En efecto, como sucedió con el profesor Beltrán —quien declaró haber aplicado durante cinco años con éxito su regla decimal para que los niños aprendieran lectura y escritura de las cantidades numéricas—, muchos otros inventores también manifestaron haber llevado a la práctica sus creaciones en segmentos educativos diversos. Testimonios que transportan a esas patentes de invención a otro nivel de análisis e interpretación.

Al respecto, con tales evidencias podemos reconstruir escenarios educativos con los profesores, alumnos e inventos en acción. Es decir, podemos representar un entramado de sujetos y objetos, donde cada uno de estos actantes (humanos y no humanos) fueron indispensables para las dinámicas educativas y produjeron experiencias, significados o aprendizajes de manera simétrica. Por ejemplo, podemos re-construir y re-presentar las experiencias que detonó en el salón de clases la denominada “máquina intuitiva” del profesor Clemente Antonio Neve; el asombro e interés que generó el “Gekinógrafo” para explicar los fenómenos cosmográficos de Juan de Dios Nosti; la interacción con los niños que produjo el “Abanico Multiplicador Automático” de Manuel Oviedo Alzúa; el uso que le dieron los estudiantes a los mesa-bancos binarios y unitarios de Gonzalo R. Chávez; el fastidio que ocasionó el “Juego de Geografía Recreativa de la República Mexicana” de Manuel G. Amador al carecer de principios lúdicos. En fin, todos estos inventos cobran un potencial hermenéutico muy relevante al dotarnos de pistas, huellas e indicios para comprender la vida en el salón de clases, pues se convirtieron en agentes capaces de transformar la experiencia educativa. En otras palabras, estos objetos transformaron la realidad al introducirse y emplearse en ciertos espacios educativos, pues provocaron acciones y produjeron experiencias que en su ausencia hubiese sido imposible verificar.

Un periodo de transición

Las patentes estudiadas atraviesan una época turbulenta en la historia de nuestro país: la Revolución Mexicana. Sin duda, este acontecimiento de gran calado social repercutió en las dinámicas y tendencias de invención. Por lo pronto, el análisis de las patentes nos muestra diversas transformaciones importantes en el volumen, los objetos y los sujetos. De entrada, en cuanto al número de patentes, hubo un aumento realmente significativo: durante los treinta y cinco años del Porfiriato se registraron 102 inventos escolares, lo que corresponde a tres patentes anuales, mientras que durante los treinta y dos años posteriores al inicio de la Revolución se patentaron 232 inventos, lo que significa más de siete patentes al año. Resulta evidente, entonces, que las transformaciones sociales, políticas y económicas que produjo el movimiento revolucionario se dejaron sentir, de manera positiva, en la propensión de los mexicanos a crear y patentar objetos para la educación.

Por otra parte, respecto a la materia de invención, durante el Porfiriato se presentó un marcado interés por los espacios y el mobiliario escolar, esto como consecuencia de las preocupaciones higienistas y funcionales que dominaron los debates académicos y las políticas públicas de la época. En cambio, durante el periodo posrevolucionaria, esta tendencia se fue diluyendo, mientras que se fortaleció el campo de los útiles escolares como resultado, esencialmente, de la novedad que significó la introducción (y paulatina masificación) de objetos como los lápices portaminas, las plumas fuente y las máquinas calculadoras. Artefactos que predominaron en las patentes de la era posrevolucionaria y que son testimonio de la supuesta modernidad en la que se introducía el país.

Finalmente, en cuanto a los sujetos, se produjo un cambio crucial que representó la apertura del sistema de patentes a un segmento social que tradicionalmente había sido relegado de la creación tecnológica, propiciando un enriquecimiento inconmensurable de ideas, saberes y perspectivas. En efecto, nos referimos a la presencia de las mujeres en el terreno la invención y registro de tecnología escolar. Contrario a lo que sucedió en el Porfiriato, donde sólo se presentó el caso de una mujer inventora —la maestra María Muñoz Silva, quien patentó un “bastidor para dar clases de costura simultánea en las escuelas primarias”—, durante la época posrevolucionaria hicieron su aparición veinte mujeres con ideas extraordinarias. Entre ellas estaba Senorina Castillo de Rodea, quien inventó un “artefacto para representar el sistema planetario”; Concepción Flores, quien patentó un “aparato para la enseñanza rápida de la lectura y escritura”; y María Chacón, quien registró una “máquina para sumar y restar”. La presencia de estas mujeres en las patentes de invención nos muestra que poco a poco fueron venciendo los obstáculos de una sociedad patriarcal y conquistaron espacios en actividades que usualmente habían sido asociadas con la masculinidad. Asimismo, su presencia es muy significativa porque son un segmento inexplorado que demanda reconstruir sus vivencias en esta historia de los inventos escolares que ha comenzado a dejar de ser olvidada. 

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