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A quien culpar

Dic. 06. 2019. 13:33
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Santiago Roel Rodríguez
Santiago Roel Rodríguez
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Esta era es la era de las víctimas. Las encontramos por todos lados, en el pasado, en el presente y en el futuro, y en paralelo, tenemos que encontrar a algún culpable para hacer el match perfecto. No una solución, no un responsable, sino un culpable.

Ser víctima o abogar por una supuesta víctima es chic. Encontrar un culpable y quemarlo vivo en las redes es genial y políticamente correcto.

En los años sesenta se inició un gran movimiento en pro de los derechos de las minorías o de los más débiles. Tuvo un gran éxito en los países desarrollados e incluso en el resto del mundo.

Los sistemas judiciales y el debate político se amplió. No todos los temas se han resuelto pero cuando menos, hay un reconocimiento a la diversidad racial, a la diversidad de género, a la diversidad cultural, a la libertad sexual y a la igualdad entre hombres y mujeres.

Sin embargo, una parte de ese movimiento ahora se ha vuelto intolerante, demandante e inquisitorio. La minoría ya no sólo exige reconocimiento sino superioridad. La minoría, exaltada como víctima, trata de imponer una visión sobre la mayoría.

Para esta corriente extrema, los homosexuales no solo son iguales, sino superiores; la mujer no es igual, sino superior al hombre; la piel morena no sólo es igual, sino superior a la piel pálida; el pobre no solo es igual, sino superior al rico; los pueblos indígenas, no sólo son iguales sino superiores a los europeos.

Todos ellos son víctimas de otros y el gran culpable suele ser el hombre blanco, heterosexual que cree en la democracia y en el mercado, que trabaja para ganarse la vida, y que aboga por la igualdad en las oportunidades y no por la igualdad en los resultados.

En México, el indígena no sólo es igual, sino muy superior al de origen europeo o al mestizo; el pobre no es igual al rico, sino moralmente superior; el nini y el fracasado son rebeldes incomprendidos, y el neoliberalismo tiene la culpa de todo.

No se trata de reconocer y ayudar a la supuesta víctima, sino de ensalzarla, idealizarla, eternizarla, idolatrarla y por supuesto, mantenerla como víctima. La víctima es superior y quien la defiende es superior a todos los demás.

El supuesto perpetrador, nació en el pecado original. No hay forma que logre lavar su culpa o reparar el daño. Debe soportar la ira de las redes por los siglos de los siglos, y debe arrodillarse y pedir perdón públicamente, aunque no entienda bien de qué se trata todo esto.

Lo que aprendimos con el movimiento en favor de los derechos humanos y sociales es que nadie tenía la culpa de haber nacido pobre, incapaz, homosexual, moreno o con pocas oportunidades en la vida.

Hoy, esta minoría exaltada, no perdona a nadie que haya nacido blanco, rico, heterosexual y hombre. Esos privilegios son su pecado y debe pagar por ellos; él o ella tienen la culpa de haber nacido así.