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El sitio del Estadio Morelos

Abr. 07. 2019. 13:54
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Rodrigo Caballero Díaz
Rodrigo Caballero Díaz
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Morelia.“Ya no vayan a dejar pasar a nadie, ya ponle los cinchos”, ordenó un Siervo de la Nación, el nombre con el que se identifican los trabajadores que andan de arriba abajo haciendo encuestas y preparando el terreno que pisa el presidente, Andrés Manuel López Obrador.

Las dos mujeres obedecieron y cerraron la única vía de comunicación entre el lado sur y el norte del templete donde se iba a presentar AMLO, dejando a la parte sur totalmente incomunicada minutos antes de que llegara el presidente.

Muchos inconformes se acercaron al Siervo de la Nación para reclamarle por no dejarlos pasar, le exigían que les permitieran el paso, porque querían ver de cerca a Obrador, como si hablaran de un tío lejano que viene de visita a la ciudad de Morelia, capital morenista del estado de Michoacán.

-Ya no hay lugar –dijo el Siervo portándose como patrón.
-Pues cómo va a haber lugar si ya se lo agandallaron los funcionarios –respondió el pueblo sabio y bueno.

-Espérenme tantito, nada más que pase el presidente los dejamos pasar –respondió ante los reclamos, bajándose del ladrillo al que se le había subido la cabeza.

-Bueno, nomás que pase Obrador -volvía la familiaridad- porque queremos verlo, pero nos dejan pasar ¿eh?, cómo a los del PRD sí los dejaron pasar –cuestionaban.

-No los dejamos ellos se pasaron –contestó el Siervo y tenía razón.
Funcionarios de la administración del gobernador, Silvano Aureoles Conejo, y miembros del Partido de la Revolución Democrática (PRD) se habían dado cita desde temprano en la explanada del Estadio Morelos para ocupar todos los lugares que pudieron.

Uno de ellos fue Alejandro Ochoa Figueroa, director de la Comisión Forestal del Estado (Cofom) e hijo de Silvia Figueroa Zamudio, quien provocó un altercado al saltar las vallas metálicas que habían puesto para colocarse lo más cerca posible del presidente.

A lo largo de todos los espacios reservados para personas con discapacidad y adultos mayores hubo enfrentamientos entre funcionarios y perredistas, como la encargada de comunicación del Sol Azteca, Brissa Arroyo, quien también se coló entre la gente.

La finalidad de las intromisiones no era estar más cerca de López Obrador, sino dejar más lejos a los seguidores del presidente y quitarle espacios a los curiosos que pudiera convocar la visita del mandatario federal.

Para cuando AMLO atravesó las puertas del “Coloso del Quinceo”, el Gobierno de Michoacán tenía el control de casi dos terceras partes de las sillas, con la cantidad de gente que llegó los gritos en favor de Silvano Aureoles fueron más sonoros.

“Sil-va-no, Sil-va-no, Sil-va-no”, gritaban acompañados por matracas, megáfonos y chiflidos que durante varios minutos avasallaron el apoyo de López Obrador, volteándole la tortilla al presidente luego de los abucheos contra el gobernador que ocurrieron en el municipio de Zacapu.

Las defensas no eran homogéneas, en una parte había funcionarios de la Junta Local de Caminos que iban a pedir apoyo de AMLO y a atacar a Silvano pero no precisamente a defender al presidente; lo mismo pasaba con los afectados de los Centros de Desarrollo Infantil (Cendis), quienes si no hubiera habido apoyo de Obrador se le hubieran ido encima.

Además, la defensa del presidente no articulaba una consigna corta y ruidosa que ayudara a ganar la batalla de gritos y no ayudó en nada que el primero en tomar el micrófono fuera el propio Silvano Aureoles, pues los vítores lo cubrieron de inmediato.

Silvano en su discurso habló sobre la federalización de la nómina magisterial que consiste en alrededor de 28 mil profesores que ya no serán su responsabilidad, para el gobernador michoacano representa una válvula de escape de un conflicto que se le salía de las manos.

Así declaró el fin de la pelea con la CNTE, lo que provocó que la maquinaria bien aceitada que traía se desviviera en gritos de apoyo, la defensa no podía contrarrestar y se quedó callada mientras todos los morenistas que eran mencionados eran ametrallados con abucheos inmisericordes.

El alcalde de Morelia, Raúl Morón; el jefe de asesores de Presidencia, Lázaro Cárdenas Batel; los senadores Cristóbal Arias y Blanca Piña; todos ellos colocados frente al paredón y rematados con un largo y ruidoso ¡Buuu!

Entonces llegó la hora de que hablara López Obrador, los gritos en favor de Silvano siguieron sonando cada vez más fuertes, así que el presidente tuvo que subir la voz para ser escuchado.

Su defensa diezmada durante la primera parte de la batalla se replegó a sus posiciones y se mantuvo alerta de ataques, las vallas fueron traspasadas por el otro bando que logró introducirse hasta unos metros del presidente con pancartas cuestionando sus acciones.

“¿Qué pasó con las estancias infantiles?”, “¿A qué horas baja la gasolina?”, le preguntaban a grito pelado mientras el presidente se hacía el desentendido y se limitaba a repetir el mismo discurso que dijo en sus dos presentaciones anteriores en Zacapu y en Uruapan.

Los gritos siguieron, para los atacantes la batalla parecía ganada, las defensas del otro bando iban cayendo una a una y un grupo tuvo que recurrir a un megáfono para intentar dar el último encontronazo, junto a un joven de camiseta blanca de tirantes que no dejaba de cuestionar a Silvano y aplaudir las ocurrencias y frases del presidente, como si no las hubiera escuchado cientos de veces desde la campaña.

Entonces López Obrador desplegó la artillería más efectiva que ha tenido en su arsenal: la carrera larga; claro que los atacantes podían abuchearlo y gritarle y ningunearlo y defender a capa y espada a Silvano Aureoles pero… podían hacerlo durante 47 minutos.

El discurso lento y pausado del presidente poco a poco fue mermando las ganas y los gritos de los atacantes, quienes sentían lo que sentiría un grupo de corredores de 100 metros inscritos por accidente en un maratón.

El bombardeo constante de metáforas, analogías, datos históricos y discurso anticorrupción ensayado una y otra vez del presidente se fue extendiendo y no hubo una garganta que a gritos le pudiera seguir el ritmo.

El ataque se detuvo y los contrincantes tuvieron que regresar del terreno que habían ganado para reagruparse y volver a la carga, pero ya era demasiado tarde, el respiro que les dieron a los defensores del presidente fue suficiente para reanimarlos.

Los defensores salieron de su trance y poco a poco fueron respondiendo el fuego celebrando las frases del mandatario federal entre pausa y pausa, que eran muchas, tomando posiciones que minutos antes daban por perdidas.

Pasaron 30 minutos y los abucheos eran esporádicos y desorganizados, los líderes más férreos del bando atacante estaban metidos en el celular o criticando al presidente pero sin hacer escándalo, solamente movían la cabeza de un lado a otro.

Entonces Obrador sacudió el campo de batalla con un “ya estoy hasta el copete de los enfrentamientos”; les pidió a los asistentes que levantaran la mano los que querían seguir peleando y muy pocos fueron los que se atrevieron a levantarla.

Ya no era una batalla por ver quién era el más agresivo sino por ver quién era el más magnánimo, quién tenía la solvencia moral para acusar al otro de radical, nadie quiso aparecer como el tirano y los bandos se controlaron.

Una amplia mayoría levantó la mano cuando les pidieron saber quién quería dejar de pelearse y ponerse a trabajar por el bien de México, porque ya no estaban jugando a la guerra, ahora estaban jugando a la política y en este juego el que se pelea pierde.

Así los defensores del presidente rompieron el cerco a pesar de que eran superados casi tres a uno, salieron del campo de batalla pensando que el presidente había “convencido” a los contrincantes de cambiar de bando.

Pero no los convenció, los cansó el ganso, nadie de los que iban a apoyar a Silvano Aureoles piensa ahora que es mejor López Obrador, solamente que no tenían ganas ni fuerzas para seguirlo defendiendo con casi una hora de discurso encima, así que dejaron ir vivo al presidente y permitieron que rompieran su cerco.

Perdieron una batalla pero sigue la Guerra Fría entre el estado de Michoacán y el Gobierno de México, aunque Silvano Aureoles y López Obrador se abracen en público, en secreto los planes para el siguiente combate continúan.