En Arantepacua no vamos a llorar hasta no tener Justicia

En Arantepacua no vamos a llorar hasta no tener Justicia

Abr. 05. 2018. 10:19
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Rodrigo Caballero Díaz
Rodrigo Caballero Díaz
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Arantepacua.- Dice Doña María que a lo lejos una balacera se escucha como cuando haces palomitas de maíz pero más fuerte, esa es la única referencia que tiene a la mano para describir los disparos que cubrieron la comunidad de Arantepacua el 5 de abril de 2017.

Esa tarde Doña María tenía la preocupación de preparar la comida para su marido, su hijo, su nuera y su nietecita, una bebé de un año que traían en brazos cuando comenzó el operativo sobre esta población purépecha del municipio de Nahuatzen.

“Ahí vienen”, fue lo único que dijo su marido luego de asomarse a la calle y ver cómo elementos de la Policía Michoacán y la Policía Ministerial se abrían paso a balazos adentro de la comunidad, según el reporte oficial repeliendo el fuego de los comuneros.

“Yo estuve ahí, yo escuché los disparos que venían de allá de donde estaban los policías, ahora dicen que porque ‘ahí nos estaban disparando’, de dónde, si adentro nada más había gente en sus casas como yo, nosotros nunca les disparamos”, dice Doña María y sus dientes se traban de la rabia acumulada que se le atraviesa.

Las paredes de lámina de la cocina y los dos cuartos de Doña María no iban a resistir las balas de los policías, por lo que su marido le propuso que se salieran y se refugiaran en la casita que apenas están construyendo.

Es una casa de ladrillo sin techo, ni puertas, ni ventanas que están levantando poco a poco con el salario de los dos hombres de la familia y cuyas esquinas podían haber sido un buen refugio en contra de los balazos.

El ruido de la puerta de lámina cayéndose los sorprendió en su intento por buscar en dónde podían guarecerse, antes de que pudieran salir del cuarto de lámina ya estaban rodeados de policías que llegaron apuntando con sus armas y sometiendo a los dos hombres a golpe limpio.

Doña María salió a pedir explicaciones y terminó arrestada junto a su nuera y su nieta mientras su esposo y su hijo salieron esposados de su casa y los subieron a una camioneta blanca sin placas, no los volvió a ver sino hasta 8 días después, a ella también se la llevaron.

 

 

No iban a poder con nosotros

Primero llegaron los granaderos a las tres entradas de Arantepacua y se desplegaron para recuperar 10 vehículos que permanecían retenidos por la comunidad, en protesta porque el Gobierno del Estado había roto la mesa de negociaciones con la población un día antes.

Los comuneros salieron a la calle a mantener la protesta mientras en la ciudad de Morelia una comitiva pedía la liberación de 38 detenidos y además suplicaba porque los policías no entraran a Arantepacua como habían entrado meses antes a Caltzontzin en Uruapan.

Los comuneros tenían fresca la memoria del día que la policía sitió esa otra comunidad indígena y realizó cateos y arrestos al azar por todo el pueblo, sin saber que en Arantepacua la embestida iba a ser mucho peor.

Pasaba de las 13:00 horas cuando detrás de las filas de granaderos comenzaron los disparos en contra de la población, la gente corrió de las entradas del pueblo y los propios policías antimotines quedaron expuestos al fuego y rompieron filas.

Guadalupe, una estudiante de la comunidad, recuerda que los disparos los obligaron a huir de la entrada del pueblo y buscar esconderse en sus casas, ella logró llegar a su domicilio y meterse en la planta baja en donde podía ver lo que sucedía en la calle.

“Yo me asomé a la esquina y ellos empezaron a entrar por la esquina de mi casa, eran muchos, eran cientos, yo nunca voy a olvidar un rostro de un policía porque él se quitó su capucha en esa esquina, se empezaron a reír entre todos y dijeron ‘es que no iban a poder con nosotros, somos muchos, dónde están los de Arantepacua’”, dijo que retaban.

Entre las 17:00 y las 18:00 horas dejaron de escucharse disparos en la calle, Guadalupe salió a buscar a su hermano, a su mamá y a su papá quienes se habían perdido en la confusión de la balacera.

“Empezaron a salir las señoras de sus casas, de sus escondites, de donde andaban y dijeron ‘no es que ya hay un fallecido’ y yo les dije ‘quién es el que falleció’ y ya me dieron el nombre del que falleció y ese primer fallecido es mi primo”, relató la estudiante.

Los comuneros asesinados eran Santiago Crisanto Luna, Francisco Jiménez Alejandre, José Carlos Jiménez Crisóstomo y Luis Gustavo Hernández Cohenete, este último de apenas 16 años portaba el uniforme de la escuela y murió mientras trataba de huir de los disparos.

Guadalupe se reencontró con su familia mientras ayudaban a recuperar los cuerpos de los comuneros que fueron asesinados cerca de la barranca y en el campo, dice que tenían marcas de pisadas y los habían picado con cuchillos para saber si en verdad estaban muertos.

“No podía creer que otra gente que es la misma que nosotros haya tenido el corazón tan duro de dispararnos y de matarnos, regresé a mi casa y lloré, lloré porque nunca creí que nos hubieran hecho esto”.

 

 

Regrésense por la barranca

Habían pasado dos horas desde que a Doña María se la habían llevado los policías de su casa y la tenían detenida a las afueras de la comunidad,  cuando el bebé comenzó a pedir comida.

Uno de los policías sacó de su mochila una manzana y se la dio a su nuera para que la bebé comiera pero el miedo de Doña María era tan grande que pensó que estaba envenenada y le exigió al policía que primero se comiera la mitad.

Lo mismo hizo con el agua que le ofrecieron para su nietecita, en la mente de la señora no podía concebir una buena intención por parte de los mismos policías que la habían sacado a punta de pistola de su casa horas antes.

Luego de comunicarse en varias ocasiones por radio, la oficial a cargo ordenó que las liberaran pero no las regresaron hasta su casa, lo único que les dijeron es que se regresaran por la barranca.

-Ustedes lo que quieren es que nos vayamos por la barranca para desde ahí tirarnos –les dijo Doña María desconfiada.

-No –respondieron los policías- al contrario les decimos que se vayan por ahí porque por el otro lado están tirando.

Los policías hacían referencia a la entrada del pueblo que conecta a Arantepacua con la cabecera municipal de Nahuatzen, ahí en donde dos comuneros habían muerto producto de los disparos.

Para cuando llegó Doña María a su casa todavía estaba rodeada de policías, a punta de gritos los oficiales la dejaron entrar y pudo ver cómo la habían puesto patas para arriba; la policía cargó con herramienta, dinero, aparatos eléctricos y lo que parecía tener valor.

Pero lo que más le duele a Doña María es que su hijo no puede aspirar a tener un mejor empleo porque ahora tiene antecedentes penales, su hijo fue acusado por lesiones en contra de los oficiales y hasta se le acusó en un momento de homicidio calificado por la muerte del oficial, Pedro Cruz Morales, aunque no se comprobó su participación.

Sin embargo, la comunidad llegó a un trato con el Gobierno del Estado para la suspensión provisional del proceso que les permitió a los detenidos salir en libertad con medidas cautelares pero aceptando los cargos de lesiones, lo que generó antecedentes penales.

“De qué sirvió tanta maestría, tanta licenciatura, para que mi hijo ahorita esté sin poder trabajar, yo por eso pido justicia y no me voy a cansar de pedir justicia y no voy a llorar porque yo todo el año me conservé en no llorar porque yo lo quiero justicia ante el Gobierno”, dijo Doña María.

Con esta ya van varias veces que Guadalupe y Doña María cuentan lo que sucedió hace un año en la comunidad de Arantepacua, están enfadadas de que tengan que revivir lo sucedido sin que haya ninguna consecuencia.

Hasta el día de hoy, un año después de lo sucedido, ninguna autoridad las ha apoyado económica, psicológica o médicamente ni a ellas ni a las demás víctimas de lo sucedido, ni tampoco nadie ha sido llamado a cuentas por lo sucedido.

Mientras no haya reparación del daño para las víctimas, ni justicia para los asesinados, los comuneros dicen que no van a llorar, al contrario van a buscar la manera de gritar y demostrar que siguen teniendo coraje.