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Corazón de Tiniebla

Corazón de Tiniebla

Ene. 08. 2019. 22:12
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Sergio J. Monreal
Sergio J. Monreal

Crónicas de Color Humo de Sergio J. Monreal

Voy a hablar de una tarde ya distante. Una de esas tardes siempre distintas, inéditas, irrepetibles, durante las cuales el verano prodiga en Morelia la variedad infinita de sus entonaciones, echando mano de un empecinamiento polifónico.

Aquellas tarde, el horizonte comenzó a amontonar sobre el poniente motivos de fragor y de tormenta. La oscura bruma se había izado primero sobre el más occidental perímetro de los montes que dan a la ciudad medida, dimensión y límite; poco a poco pasó después a hincharse, como desarbolada vela de navío, al tiempo que los brazos formidables se le iban extendiendo con desmesura en dirección norte y dirección sur.

El espesamiento animal de la negrura iba siendo no sabía yo si empujado o resistido por una amplia gama de luminosidades: ya desgarradas a lo serpentina; ya difusas a lo cóncavo; ya como súbito y preciso trazo de nervadura eléctrica; ya como un revuelto mar de incandescente blancura, que se rebelara desde el fondo de sus grutas sin decidirse a romperlas.

La ciudad iba siendo así sitiada con la tenaz parsimonia de lo que se reconoce no sólo terrible, sino también incontestable. El techo de mi casa de entonces me permitía el privilegio, siquiera sonoro, de verme transfigurado a placer en vigía de la ventana del oriente. Trepado en ella, me dio por evocar, con adolescente emoción y calculado ridículo, tanto las crestas remontadas por el Pecquod bajo las retinas ardientes del capitán Acab en Moby Dick de Herman Melville, como el estelar silencio de dios y de los dioses bajo bárbaro rumor de selva en El corazón de las tinieblas  de Joseph Conrad.

Entre reír el desmedido símil y encarar con supersticioso arrobo la maduración del motivo que lo legitimaba, los últimos azules habían ido deslavándose detrás mío, el atardecer se había vuelto noche sin que mediara anochecer alguno, y el aire frío llegaba como anticipo de lo que con impiadosa y negra majestad daba en echársenos encima.

Avanzaba entre relámpagos y luto la tiniebla estelar. Yo conjeturaba Morelia como un bajel de piedra arrojado lo mismo que juguete a la voracidad delirante del temporal y del naufragio. Y nos conjeturaba a nosotros, sus tripulantes moradores, preguntándome cuál habría sido nuestra suerte si nos hubiésemos hallado efectivamente en altamar, de cara a la tormenta desnuda. ¿Seríamos capaces de mantener con voluntad la derrota elegida? ¿Conseguiríamos mal sortear la furia del oleaje, consagrados apenas a evitar el hundimiento? ¿Nos precipitaríamos desmadejados de plano hacia el fondo con el primer golpe de agua?

Jugar con el espanto en situaciones tales, desde la íntima certidumbre de saberte a salvo, es una tentación difícil de resistir. El pensamiento puede abrirse a un dolor vívidamente soñado, pero que en el fondo no representará ninguna amenaza, ni llegará jamás a convertirse en dolor verdadero. Yo podía pues imaginar la hora del diluvio, sabiendo que el diluvio no iba a llegar; acá las catástrofes permisibles al más furioso de los aguaceros sólo alcanzan para remedar con palidez y hasta amabilidad las padecidas por quienes viven al alcance de los huracanes sin ningún género de metáfora.

Sin embargo, aquella confiada sabiduría ante la ya absoluta y manifiesta fiereza del paisaje, no me hacía (no debe hacernos nunca) perder de vista que hay de huracanes a huracanes, y de diluvios a diluvios. Es en el mar interior donde acontecen los mayores naufragios.

Será eso lo que provocó que, en un momento dado, a semejanza de los niños, el juego viniera a imponer en mí su atávica seriedad ritual, sin por ello ver diluido el infantil aliento de desafío que le daba origen.

Seguía impaciente la parsimoniosa andadura de la tempestad. Me exasperaba la suerte de escrúpulo con que iba apropiándose, palmo a palmo, de kilómetros de tierra y kilómetros de cielo; me exasperaba la demorada y sañuda placidez con que arriba ennegrecía lo que antes había vuelto plomizo; me exasperaba la voraz minucia con que parecía devorar abajo los mansos montes, los caminos distantes, los primeros contornos de luces enjambradas.

El espanto no era en exclusiva mío. Por doquier escuchaba voces de apremio, ventanas y puertas cerrándose, reconvenciones y consejas, augurios llenos de alborozado morbo. Qué aguacero, el por venir. Qué ríos, los por desbordar nuestras aceras. Que violencia, la por zarandear nuestros cristales. Qué truenos, los por tentarnos al asombro y la sordera. Qué trabajos, los por acometer allá donde los techos pudiesen venirse abajo, las habitaciones anegarse, las alcantarillas verse colmadas y la falta de alcantarillas alcanzar proporciones de torrente.

Me erguí sobre mi humilde pretil de ladrillo, aterida la piel por la crecida del aire, prendado de aquel cobijo brutal cuya distancia podía comenzar ya a medirse en trazos de golondrina. De una honda bocanada procuré agrupar en tumulto el largo rosario de evocaciones que, a lo largo del tiempo, Melville y Conrad han ido atesorando dentro de mí:  ah, el horror, el horror; ballena muerta o bote a pique.

Un relámpago reventó en el tejado vecino. El alumbrado público vaciló unos segundos, parpadeante, entre histriónicas exclamaciones de muchacha.  Al contacto de las primeras gotas, bajé para ponerme a resguardo en el lado interior de mi cerrado ventanal.

No puede decirse que haya huido del todo. Anclado al vidrio, permanecí con la mirada alzada hacia el vientre de la tiniebla, buscando ese corazón de hoguera fragorosa y blanca que desde la lejanía había venido prometiéndome.

La lluvia habrá durado a lo sumo un par de minutos. Sus salpicaduras apenas si perlaron la superficie de mis ventanas, como por no dejar. Me obligué a aguardar algún rato la para mí obligada rectificación de aquel preludio irrisorio. Inútilmente. No cayó una gota más.

De regreso en cubierta, el burlado domador de chinescas sombras en que había pasado a convertirme, todavía consumió no sé cuánto tramo de la noche tratando de descifrar la moraleja. Abriéndose sitio entre los crecientes resquicios de una nubosidad inofensiva, desfilaba, diáfana y lánguida, casi diríase que sonriente, la luna.

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