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El último peregrino

El último peregrino

Dic. 13. 2018. 11:31
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Rodrigo Caballero Díaz
Rodrigo Caballero Díaz

Morelia.- Para cuando anocheció sobre la calzada de Fray Antonio de San Miguel, solamente Eugenio era el único que se aproximaba hacia el Santuario de Guadalupe de hinojos como parte de la manda que cumple desde hace tres años.

A mediados de 2015, los médicos le detectaron a su hijo un quiste en la cabeza, la familia se desesperó, creyeron que era un tumor que pudiera generarle cáncer en el cerebro, así que María, la esposa de Eugenio, sin saber qué hacer se puso a rezar.

La pareja originaria de Morelia prometió una manda cada año a la Virgen de Guadalupe en su día, luego sus plegarias fueron escuchadas, cuando llegaron los resultados de la tomografía que le practicaron resultó que el quiste era benigno.

El 12 de diciembre de 2015 Eugenio hizo su primer recorrido de rodillas desde la entrada de la Calzada hasta el altar de la Virgen, este 2018 es el tercer año que lo realiza, a pesar de que apenas el domingo 9 de diciembre estaba en la cama de un hospital.

Eugenio entró con un cuadro complicado de gastroenteritis que venía desarrollando desde hace más de seis meses, dice que lo que más le preocupaba era que no lo dieran de alta antes del 12 de diciembre, para alcanzar a cumplir su deuda con la morenita.


“Mucha gente nos critica, nos dice que estamos locos por venir aquí, pero la verdad es que la Virgen es muy milagrosa, si no fuera milagrosa no le tendríamos tanta fe”, dijo María, quien platica mientas le acomoda una y otra vez una cobija roja de cuadros a su marido para tratar de acolchonar el piso de cantera.

Eugenio no habla, suda, se queja sin quejarse porque solamente hace gestos de dolor que son visibles a metros de distancia porque sus dientes blancos destacan de su rostro moreno entre la oscuridad de la Calzada de 500 metros de largo.

Al llegar a los puestos de comida y juegos de feria, la gente se amontona en cuatro filas para llegar al Santuario de Guadalupe, faltan 150 metros, a Eugenio no le importa, él junto a su hija y su esposa crean su propio camino con una chamarra de mezclilla y una cobija.

“Déjenlos pasar, denle prioridad a ellos que van de rodillas”, gritan los feligreses y las cuatro filas se abrieron como debió abrirse el Mar Rojo según el relato de la Biblia, la gente simplemente se hacía a un lado para que el último peregrino de la tarde pasara.

Sin parar, incluso acelerando el paso, Eugenio y su familia siguieron avanzando hasta la puerta principal del templo, donde se ve el interior del Santuario en color rojo, rosa y dorado dedicado a la Virgen y que tardó 8 años en ser construido.

“Al entrar al templo como que te relajas, es otro ambiente, se siente más tranquilo”, dijo María antes de llegar, ahí los feligreses se dividen en tres filas, dos para entrar a pie y una en el centro para llegar de rodillas.

Miles se hincan y realizan el último tramo de la puerta del templo al altar, son menos los que lo hacen durante medio kilómetro, menos lo que lo hacen durante la tarde y noche del 12 de diciembre, la mayoría procura hacerlo al amanecer.

Al final de la manda, con el piso liso de la iglesia ya no era necesaria ni la cobija ni la chamarra, Eugenio culminó el recorrido hasta el pie del altar y se recargó exhausto sobre la barandilla donde los padres lanzan agua bendita y bendiciones a todos los creyentes.

Ahí estuvo dos minutos y una mujer le tocó el hombro y le dijo que era hora de que siguiera su camino, había miles que esperaban su turno para hacer una oración, Eugenio cubierto de sudor salió de su trance y se paró sin chistar y siguió su camino junto a su familia, sin mirar atrás.

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