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El Populista vende Amor y cobra con Odio.

El Populista vende Amor y cobra con Odio.

Jun. 12. 2019. 12:37
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Santiago Roel Rodríguez
Santiago Roel Rodríguez
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Para combatir al populismo hay que entenderlo pero tratar de explicar el populismo desde la racionalidad no siempre es fácil.


¿Por qué? Porque la psicología del ser humano y de las masas no es racional.

El inconsciente domina al ser humano en lo individual y en lo colectivo. Esos instintos ocultos son muy básicos y pueden ser muy destructivos. Freud hablaba de dos: Eros (vida) y de Tánatos (muerte).

El siglo XX fue testigo de las peores crueldades y locuras colectivas del ser humano. Deberíamos tener claro los riesgos de no entender nuestra irracionalidad, pero no es así.

En teoría política hay autores que ensalzan lo bueno del ser humano: su potencial ilimitado, el romanticismo del ayer, de lo salvaje, de lo natural. Hay autores que enfatizan la otra parte, la crueldad, la individualidad, los instintos bajos, los límites del ser humano. Thomas Sowell lo explica muy bien en su libro clásico: Conflict of Visions.

Todo sistema político intenta fijar reglas de convivencia pero no todos parten del mismo supuesto. Los sistemas socialistas y comunistas se basan en la primer visión: la idea de que el ser humano es bueno y venden esa utopía; en el comunismo el hombre sería tan bueno que ya no habría necesidad de Estado.

Las democracias liberales se basan en el segundo supuesto, son desconfiadas y por ello le ponen límites al poder, porque no hay nada más peligroso que un ser humano con poder.

Si nos vamos por resultados, la visión más cauta y desconfiada sobre la naturaleza del hombre es la que ha dado mejores resultados económicos, sociales, educativos y de calidad de vida, incluida la libertad.

El populismo sin embargo, se aferra a la idea de que el pueblo es bueno: las comunidades indígenas, los pobres y en especial, un líder carismático que es bueno, superiormente moral a los demás, y que sabe llevar al pueblo bueno hacia la felicidad.

Pero no todos son buenos, hay enemigos del pueblo: fifís, conservadores, chayoteros, neoliberales, internacionalistas, globalistas, intelectuales, tecnócratas, especialistas, etc.

Por eso, según los populistas, debemos darle todo nuestro poder al líder, para que éste combata con fiereza a los enemigos del pueblo y nos lleve a buen puerto, a ser todo lo bueno que somos por naturaleza. No hay espacio para la crítica, es una guerra a muerte.

Por ello el populista intenta desarticular todos los límites que la democracia liberal le ha impuesto: Poder judicial, constitución, sociedades civiles, medios de comunicación, internet, otros partidos políticos, sindicatos y cámaras libres. Si la ley lo limita, hay que cambiarla o desobedecerla.

Para lograrlo, paradójicamente, apela a los instintos más bajos de la población. Los arengan, les promete y los minimiza como mascotas: Chicote y amor para saber si estás conmigo o contra mí y del pueblo bueno.

Lo único que puede frenar este afán destructivo es la razón pero en tiempos de populismo, las masas no siempre entienden. Para ellas, es más llamativo un líder fuerte que les promete utopías y dádivas, que la complejidad y abstracción de un regimen democrático en donde no siempre se sienten representados.


Hoy el pueblo bueno son ellos

Los desvalidos, los olvidados, el patito feo de la familia, el fracasado, el irracional, y su líder les da poder, esperanza y legitimidad. Los malos son todos los que su líder indica, más sus propios enemigos personales a quien han envidiado y odiado toda su vida.

El odio y la envidia son ingredientes fundamentales del populismo pero se viste de amor, de progreso, de igualdad, de pueblo bueno y de líder impecable. En resumen, el populista vende Eros y cobra con Tánatos.

Pero el populista tiene fuertes obstáculos y de ellos hablaremos en la próxima.


Santiago Roel, es Director de Semáforo Delictivo, un proyecto social ciudadano para la paz en México. Se alimenta de denuncias ciudadanas valientes y de esfuerzos de transparencia de autoridades responsables.